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CAP. II.-FINES DE LAS MISIONES :ns l." El profesor SchmidLin, con otros muchos autores de la Es– cuela de Münster, sostienen que el fin de las misiones extranjeras es predicar el Evangelio a los infieles, conforme al precepto de Cristo: Euntes docete ... Según éstos, el concepto de misión ex– tranjera no se debe extender a los países de herejes y cismáticos, porque ya conocen el Evangelio y se les ha predicado la fe (1). 2.ª Algunos escritores, sin profundizar la cuestión, suelen es– cribir sin distinciones que el fin de la actividad misionera es sal– var las almas de los infieles, las cuales perecerían eternamente sin el auxilio apostólilo de los misioneros (2). 3.ª El canonista P. Grentrup (3), con otros, defiende que el fin esencial y principal de las misiones es dilatar el reino de Cris– to y aumentar el número de los fieles. Dos cosas, dice Grentrup, se requieren para que crezca el número: «Primo, ut fides plan– tetur seu novi fideles efficiantur ... Secundo, ut fides plantata consolidetur, i. e., conversi intellectu et moribus fidei catholicae firmiter adhaereant» (4). Cuando en una región se ha ya con– solidado la Iglesia de tal modo, ut popiLLus suis propriis viribus EccLesiam in se formet et administret ac in se subsistens aLiam de– pendentiam non habeat (5), entonces deja ya de ser tierra de mi– sión, porque el fin próximo y principal se ha ya obtenido. 4.ª El P. Charles, S. J., propone el problema sobre la razón de ser de las misiones (6) y examina diversas soluciones. El mo– tivo de la actividad misionera no es sólo un acto de obediencia al precepto formal de Jesucristo: Euntes docete ... , pues el precepto de Jesús supone una razón superior (7). Tampoco se puede ex– plicar suficientemente por un acto de caridad hacia el prójimo, porque ésta nos obliga a trabajar en la salvación de las almas, lo mismo en países católicos que en territorios de misión, y quizá con menor esfuerzo se obtenga mayor fruto espiritual en aquéllos que en (stos (8). El fin de las misiones es plantar la Iglesia don– de todavía no lo está. Cuando en una región, o en un grupo ét– nico bien determinado, no está establecida aún la Iglesia con to– dos sus érganos jerárquicos, con la perpetuidad de los medios de la salvación moralmente accesibles a todos, se llama y es todavía tierra de misiones. La necesidad de establecer la Iglesia visible en esos países, donde no está todavía, es la razón de ser de la acti– vidad misionera. El apostolado misionero, por tanto, no es única– mente un acto de obediencia o de caridad, sino, ante todo y esen- (1) En la referencia de las opiniones seguimos a A. SEUMors, Vers une défínition de l' Activité Míssíonnaire, pp. 6-14, Schüneck/Beckenried (Suhsse), 1948. (2) Cfr. I. PAULON, Plantatio Ecc!esiae..., p. 45, Roma, 1948. (3) Cfr. Jus Míssionarit,m, pp. 1-12. (4) Cfr. GRENTRUP, o. C., p. 4. (5) Ibíd., p. 10. (6) Cr. Les Dossiers de L'Action Missionnairc. Manuel de Míssiono!ogie, pp. 17-20. (7) Ibíd. p. 21. (8) Ibid., p. 28.
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