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CAP. !.--PERSONAL MISIONERO EN TIERRA DE MISIONES 305 rés por las misiones. Estas solemnes despedidas, bien preparadas y organizadas, serán de consuelo al misionero que parte, y cau– sarán profunda impresión y dulce recuerdo en los que quedan. 401. 2. El viaje.-Durante el viaje necesita el misionero gran sentido práctico, modestia y circunspección, cultura y sacrificio. No es un turista que viaja por curiosidad o sport, ni un comer– ciante que va en busca del negocio; es un apóstol enviado por J esu– cristo, cuyo único ideal es la conquista de su reino. Lo que des– diga de esta sublime finalidad debe estar muy lejos de la conducta del misionero. 402. 3. Incorporación a la misión.-Llegado al lugar de su destino será recibido con gozo y alegría por sus superiores, her– manos, compañeros y los cristianos que le esperan con ansiedad. Su corazón saltará de gozo ante la nueva patria de elección. «Me dicen - escribe un misionero - que hoy veré mi nueva patria. El corazón salta en mi pecho y hasta parece que camino más de prisa con el ansia que tengo de verla. Después de medio día hemos llegado a la cumbre de la montaña, desde la cual con– templo extasiado la inmensa llanura que se presenta a mi vista. Uno de mis guías, extendiendo su brazo ante el anfiteatro de montañas que se yergue en lejanía, me ha dicho: «Padre, he ahí vuestro Yun-Nan. En aquel momento tenía el mundo entero bajo mis pies; mi reino y mi tierra prometida ante los ojos. La sonrisa del conquistador asomó a mis labios y exclamé todo conmovido: «Amigos, esa región será campo de mis trabajos y esos montes serán mi tumba. ¡He venido a salvar almas, aunque no sea más que una sola, y morir! ... ¡Oremos! ... » (2). El primer deber del misionero será ponerse a disposición de sus legítimos superiores, obedecerles y vivir en armonía con ellos. La nueva residencia que se le designe podrá ser una choza de paja y barro, una ciudad, el campo o la población; quizá deberá tratar con los neófitos cristianos o con los paganos, con hombres de buena o mala índole, etc. Cualesquiera que sean las personas y las circunstancias que le rodeen, lo más prudente y seguro es dejarse guiar de la Superioridad y de los consejos de los misio– neros veteranos. Sería peligroso fiarse demasiado del propio cri– terio en tierras nuevas y desconocidas. Por esto, antes de entrar en batalla será conveniente algún tiempo de noviciado misionero, de aprendizaje especial y próximo en compañía de algún anciano, sabio y experimentado misionero. (2) Cfr. P. SILVESTRI-P.'u'\tPLO:);A, O. C., p. 1942.
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