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300 P. II.-MISIONOLOGÍA JURÍDICA clase, categoría o condición social que seamos, debemos trabajar por las misiones católicas; organizarnos, unirnos, formar un ejér– cito mundial, una Cruzada universal para lograr la pronta con– quista del mundo infiel y disidente. Unos podrán combatir en pri– mera fila, otros en segunda y otros en retaguardia: aquéllos en el campo misional, éstos en los países civilizados. Unos podrán apor– tar su acción, su talento, su plumn, su predicación... ; otros su dinero, sus bienes, su fortuna y su beneficencia; y todos podemos elevar nuestras fervientes plegarias que penetren los cielos y ha– gan descender sobre el árido desierto del mundo acatólico las be– néficas y saludables lluvias de la fe y de la gracia. Demos lo que te– nemos, lo que podemos, lo que somos: Impendamus nostra, im– pendamus nostras, impendamus nos. 395. ¡Dios lo quiqre ! Jesucristo nos lo pide, las almas lo re– claman. Por la gloria de Dios, por la Sangre redentora de Jesús, por la salvación eterna de tantos millones de almas, cooperemos a la difusión del catolicismo, único que puede proporcionar la dicha a los pueblos y la felicidad a las almas. Este es El Siglo de las Misiones; es la Hora de Dios, para la conversión del mundo; es el momento en que debe ser glorificado en las inmensas latitu– des, donde hasta el presente era desconocido ; es el tiempo en que la gloriosa enseña de la Cruz se alce victoriosa sobre los ídolos y templos paganos y la piedrecita vista por Daniel se extienda por toda la faz de la tierra. Ayudemos, cooperemos al establecimiento de este gran reina– do de Jesucristo sobre las almas: en la Parroquia, en la Dió– cesis, en la Patria, en el mundo entero. El éxito final de nuestros trabajos será ver en el día de la siega las mieses hacinadas en las trojes de la eternidad, como las vió San Juan en su Apocalipsis, cuando, después de enumerar los predestinados de las doce tribus de Israel, escribe: «Después de esto ví una gran muchedumbre, que nadie puede enumerar, reunida de todas las naciones, tribus y lenguas, quienes estaban delante del Trono y del Cordero, re– vestidos de níveas vestiduras y con palmas en las manos» (12). Entre los felices moradores de la celestial Sión, brillaremos tam– bién nosotros por eternidad de eternidades, si cooperamos durante nuestra peregrinación a la salvación de las almas, según la con– soladora sentencia de la Verdad infalible, que nos dice por el Após– tol Santiago: Qui convertí fecerit peccatorem ab errore viae suae, salvabit animam ejus a morte, et operiet muLtitudinem pecca– torum (13). (12) Apoc., VI, 9. (13) Joc., V, 25.

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