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CAP. XL-ORGANIZACIONES MISIONALES ARTICULO III LOS ADULTOS Y LAS MISIONES A los adultos, principalmente padres de familia, podíamos lla– mar los soldados veteranos del ejército misional de retaguardia. Iniciados desde la niñez y acostumbrados durante la juventud a la cooperación misional, no tendrán más que continuar hasta el fin de sus días combatiendo por el reino de Dios sobre la tierra. Obreros, artesanos, oficinistas, hombres de carrera, sabios y artistas, ricos y pobres, de cualquier categoría social que sean, en la medida de sus fuerzas y en el radio de acción posible, se deben esforzar por prestar sus servicios a las misiones. Es un deber estrechísimo para todo cristiano que no se puede eludir im– punemente. Si todos están obligados a socorrer a su prójimo en caso de necesidad temporal, ¿ cuánto mayor debe ser esta obliga– ción cuando se trata de la necesidad espiritual y eterna de tantos millones de almas que están fuera del camino de salvación? Es de advertir que esta obligación no recae sólo sobre los Pastores, sino sobre toda la Iglesia, dentro de la cual, todos sus miembros, aunque en diverso grado, participan de esta responsabilidad. Di– rigir el apostolado pertenece al Sumo Pontífice y a sus delegados; predicar y evangelizar a los Obispos y misioneros; pero prestar auxilios espirituales, culturales y materiales ... pesa de manera muy especial sobre los simples fieles. En el capítulo IV de Los He– chos de los Apóstoles se lee que los primitivos cristianos vendían sus haciendas, cuyo precio ponían a los pies de los Apóstoles; y San Pablo exhorta a los fieles que hagan colectas para las Iglesias nacientes y pobres (7). Orígenes escribe de los cristianos de su tiempo que «ponen cuidado en difundir, cuanto pueden, la fe en todas las regiones del universo. Algunos se han tomado el trabajo de recorrer no sólo las ciudades, sino también aldeas y caseríos, a fin de ganar fieles a Dios. No se diga que llevan fines de lucro, ya que a menudo carecen hasta del alimento. En nuestros días, dado el gran número de los que se convierten a la fe, hay algunos ricos pudientes y nobles y piadosas mujeres que acogen hospita– lariamente a los mensajeros de la fe», etc. (8). Si esto hacían los primitivos cristianos, no menos deben obrar los actuales, en especial los de mayor edad y padres de familia; porque éstos disponen, generalmente, de sus bienes, están obli– gados a dar buen ejemplo a sus hijos y subordinados, a exhortar- (7) Cfr. P. K DE VERA, S. J., La Epístola de San ·Pablo a tos Filipenses ¡¡ la cooperación a! Apostolado, p. 110, Burgos. (8) Contra Cc!sum, lib. III, !l; P. G., XI, 931.
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