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258 P. II.-MISIONOLOGÍA JURÍDICA 1844), París, 1944.-Manuel de L'CEuvre de la Sainte-Enfance, París, HHO.– PHILIPIN DE RIVIERE: Vie de Mgr. Forbin-Janson, París, 1891.--Reglem.ent de l'CEuvre de la Sainte-.Enfance. Cfr. AnnaLes de L'CEuvre de La Sainte– Enfance, 1871-1874, XXIII, pp. 434-443; Sylloge, n. 234, pp. 706-713. 342. El infanticidio es un crimen antiquísimo. Los fenicios y cartagineses ofrecían las vidas de sus hijos a Saturno y otras deidades; en Grecia los legisladores y filósofos lo sancionaban; Solón permitía la venta; Aristóteles la aprobaba, y Platón man– daba matar a los débiles y contrahechos. En la Roma pagana los padres tenían derecho de vida o muerte y muchos los estrangu– laban. Estas doctrinas y prácticas brutales no se han terminado en el paganismo moderno. Jesucristo dijo: Dejad que los niños se acerquen a mí (28). Quien se atreva a escandalizar a uno de estos pequeñuelos, más le valiera que le atasen una rueda de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar (29). Muchos son los pasajes del Evangelio que demuestran la ternura que Jesús tenía a los niños. Este concepto divino de la niñez ha sido el inspirador de los sacrificios y empre– sas de la Obra de la Santa Infancia. 343. Origen. - Por los años de 1785 nacía en París, de una fa– milia militar, Carlos Augusto Forbin-Janson. Llamado por Dios al estado sacerdotal, cursó sus estudios en el Seminario de San Sulpicio, de París, donde fué ordenado sacerdote en el 1811. Luego se consagró al apostolado, que ejerció con celo y éxito. y a los diez años de trabajos y fatigas fué consagrado Obispo de Nancy. Mas los acontecimientos políticos de la época le obliga– ron a abandonar a su patria y embarcarse para América, donde encontró ancho campo para su ardiente celo. Desde su juventud tuvo intenso amor por las misiones de China, y sentía honda pena por los niños que sistemáticamente eran matados o abandonados. Tal sentimiento le hizo concebir la idea de salvar la inocencia pagana por medio de la inocencia cristiana. El celoso Obispo habló con Paulina Jaricot, que ya había pensado también en el mismo problema. Aquellas dos almas se entendieron y se compenetraron. Dios bendijo sus anhelos y determinaron la Santa Infancia, que empezó su actividad el 1842. A partir de esta fecha, el santo Obispo empezó a trabajar por organizar y extender su Obra. Fué a Bélgica, y los reyes le pres– taron su apoyo. Volvió de nuevo a París y recorrió el mediodía de Francia; dos años después, en el 1844, cuando se disponía a realizar su acariciada idea de ir a la China, Dios le llamó para sí, a fin de recompensar su celo con laureles de inmortalidad. El (28) Matth., XIX, 14. (29) Matth., XVIII, 6; Marc., IX, 41.

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