BCCCAP00000000000000000000621
248 P. II.-MISIONOLOGÍA JURÍDICA a los setenta y dos discípulos a predicar de dos en dos, les ordenó anunciar la paz en toda casa donde entraran y detenerse en ella, tomando el sustento que la generosidad del patrón les presentase; porque es digno el operario de su merced (1). En los Hechos de los Apóstoles se narra la vida admirable de los primeros fieles que vivían unidos entre sí y nada tenían que no fuese común; vendían sus posesiones y demás bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno (2). Más adelante repite lo mismo y cuenta el terrible castigo de Ananías y su mujer Safira (3). San Pablo lleva a Jerusalén las ofertas de los cristianos de Antioquía, y en sus viajes apostólicos no se olvida de recoger el óbolo para los hermanos pobres de la ciudad santa (4). Se conmueve cuan– do, estando en Roma, los filipenses, repitiendo el acto de caridad hecho al Apóstol en Tesalónica, le enviaron ofertas para sus nece– sidades (5). Al final de la Epístola a los romanos saluda y reco– mienda a muchos en particular que le habían ayudado y cooperado con él en la evangelización (6). Más tarde San Ignacio, mártir, cuando es conducido a Roma para sufrir el martirio, recomienda a las comisiones de las Iglesias asiáticas que iban a visitarlo, socorrer a la pobre comunidad cristiana de Antioquía, que en otro tiempo nutría a otras comunidades, pero ahora tiene necesidad de las limosnas de otros (7). Por la Didaché sabemos que los cristianos daban hospitalidad y alimento a los misioneros carismáticos pere– grinantes, y toda comunidad cristiana socorría a las demás nece– sitadas de bienes materiales y asistencia espiritual (8). En los primeros siglos de la Edad Media los evangelizadores se ocuparon en la conversión y civilización de los bárbaros con la ayuda de célebres mujeres como Amalasunta, Clodovinda, Teodolínda, In– gunde, Clotilde, Berta y otras que son las representantes de las cooperativas misioneras medievales (9). Con el tiempo, el per– sonal misionero se reclutaba generalmente entre los miembros de las Ordenes religiosas, y cada Orden acudía al sostenimiento de sus propios misioneros. También Roma, y algunas veces los reyes, prestaban ayuda, sobre todo en las Legaciones pontificias. :En el tiempo de los grandes descubrimientos, las potencias católicas que poseían extensas colonias proporcionaban los medios necesarios para el apostolado. El Regio Patronato hispano y lusitano se dis– tinguieron por los grandes auxilios materiales que prodigaron a (1) Luc., X, 7. (2) Act., II, 44-45. (3) Act., IV, 32, 34-35; V, 1-10. (4) Rom., XV, 26. (5) Phi!., IV, 10-16. (6) Rom., XVI, 1-23. (7) Cfr. BERTINI, O. c., p. 493. (8) Cfr. BERTIN, o. c., 'P· 493; JOAQUÍN GOIBURU, El problema misionero, pp. 63 y sigs., Madrid, 1947. (9J Cfr. VANZIN, J! Fermento del Regno, p. 71.
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz