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238 P. II.-i\IISIONOLOGÍA JURÍDICA tolado. Si se quiere recoger por completo el fruto de esos sacrifi– cios y de toda esa labor, preciso es pedir a las ciencias luces que permitan distinguir el camino más recto y que sugieran los mé– todos más eficaces. Así se ve en la industria, en el comercio, en todas las manifestaciones de la vida económica. Las misiones no pueden ni deben sustraerse a estas exigencias características de nuestra época» (2). Es, pues, necesario desarrollar en los jóvenes la afición a los estudios misionales, sin los cuales sus trabajos serían, como he– mos indicado en otro lugar, muy menguados. Los futuros apóstoles deben conocer a fondo la ciencia misional, sus principios, métodos, necesidades, importancia, etc. Este conocimiento teórico influirá en la práctica, y la práctica despertará también el deseo de pro– fundizar la teoría. Aquí se verifica el principio de mutua causali– dad, según dicen los filósofos, esto es, que dos cosas pueden ser una causa de la otra en diverso orden de causalidad. La teoría o ciencia de las misiones será directiva y estimulante de la acción misional, y ésta, a su vez, servirá para establecer muchos de los principios y normas misionales. Con razón dice Schmidlin «que no puede haber acción misional sin amor, no puede haber amor sin comprensión, no puede haber comprensión sin conocimiento, no puede haber conocimiento sin estudio. Esta cadena psicológica se deduce con evidencia de la experiencia y de la misma natura– leza de las cosas» (3). Quien crea, pues, inútil el aprendizaje misional es prueba evi– dente de que no se da cuenta de los problemas misionales, de las necesidades de la época, de las orientaciones de la Santa Sede, de los trabajos y progresos de nuestros enemigos y competidores, los mahometanos y protestantes. Querrá corregir la plana a experi– mentados y veteranos misioneros, a las enseñanzas de los Pontí– fices o al mismo Jesucristo, divino educador de los Apóstoles du– rante los años que convivió con ellos, instruyéndoles, corrigiéndo– les y enseñándoles todo cuanto habían de hacer para evangelizar al mundo y extender la Iglesia. En consecuencia, no se puede ne– gar, en buena lógica y recto sentido común, la necesidad de esta– blecer las Cátedras misionales en la carrera eclesiástica a la altu– ra conveniente y digna del sacerdocio católico. «Es cierto-escri– be el P. Charles, S. J.-que todas las teorías, en su aplicación prác– tica, suelen sufrir alguna modificación, y nada hay más peligroso que la doctrina absoluta que en nada tiene en cuenta los hechos; pero es también falso que e1 buen sentido y el empirismo bastan para todc... Precisamente esas experiencias de los misioneros co- (2) Cfr. G. B. TRAGELI.,, Pío XI, Papa l\1isionnrio, 119-120, Milano, 1930. (3) Cfr. J. SCHMIDLIN, Akademische Missionsbliitter, 1913, n. I. p. 11; n. II, \J. 3; Katholische Missionswissenschaft, p. 8, Münster, 1924; Einfültrung in die Missions– wissenschaft, '.PP 35 y sigs.
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