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P. II.--MISIONOLOGÍA JURÍDICA «El tema misional-dice el P. Silvestri-se adapta admirable– mente a las profundas meditaciones de la Filosofía como a los sen– cillos trabajos de estudios elementales. La Geografía, la Historia, la Exégesis Bíblica, la Teología, la Filosofía y, en general, todas las ciencias, pueden tratarse desde un punto de vista misional con gran aprovechamiento de los mismos estudios. Por lo común se dedican muchas horas al estudio de la Historia Eclesiástica de los siglos pasados; pero no sé que se estudie con igual amplitud la historia de los heroicos esfuerzos hechos por la Iglesia en el terre– no de la evangelización durante el pasado siglo y de los que si– gue haciendo todavía. Se gasta mucho tiempo en herejías ya ol– vidadas y de las cuales apenas si nos ha quedado el nombre; pero ¿ conocemos tan a fondo las herejías y desvbcicncs doctrinales modernas y lo mucho que trabajan por arrancar de la Iglesia el imperio de las almas? El estudio y conocimiento de lo pasado es erudición; el estudio de lo presente sería, además, vida. ¡ Qué ho– rizontes tan nuevos y tan amplios se abrirían ante los ojos de nues– tros jóvenes si se estableciera una cátedra de misiones en nuestros seminarios! ¡ Qué erudición tan hermosa y a la vez tan útil no produciría en nuestros jóvenes estudiantes! ¡Y cuánto no gana– ría el espíritu al encontrarse con ese verdadero manantial de las nobles aspiraciones!» (4). 312. Las condiciones físicas.-La salud en los aspirantes a las misiones es una cosa necesaria; porque el mejor celo apostólico resultaría inútil, si faltaren las fuerzas necesarias para la acción. Pero no conviene exagerar en este punto, ni ser demasiado pusi– lánimes. Para ser misioneros no es necesario ser robustos como Hércules; basta gozar de las condiciones normales de la vida de un hombre ordinariamente sano. La prudencia y el consejo de– ben evitar los extremos de cobardía o temeridad. Bien se podrá hacer diferencia de regiones poco civilizadas e insanas; de climas extremados y de las condiciones locales y personales especiales ; pero no conviene olvidar que el hombre, con buena voluntad y con verdadero celo, dispone de una grande capacidad de adap– tación. (4) Cfr. P. :ILANNA, o. c., p. 234.
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