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CAP. III.-FORMACIÓN MISIONERA 235 lecen los medios sobrenaturales de la virtud sobre la ciencia; pero también es cierto que quien no esté provisto de un buen caudal de saber se encontrará muchas veces con muchas deficiencias para desempeñar con fruto el ministerio. ¡Cuántas veces, sin poder re– currir a los libros y a sabios de quien aconsejarse, se verá en la precisión de contestar a muchas dificultades en materia de religión y a consultas sobre negocios muy difíciles! Y claro que, en estos casos, la reputación social del misionero depende de ser docto e instruído, y más si se trata de pueblos que se glorían de progreso y de cultura. Sería muy poco decoroso quedar entonces los maes– tros de la verdad a la zaga de los ministros del error. Conviene, pues, que los aspirantes al sacerdocio que se sientan con vocación misionera, mientras se forman para ser útiles en estas expediciones apostólicas, se hagan con todo el caudal de co– nocimientos sagrados y profanos que las situaciones del misionero reclaman» (3). Si los enemigos de la fe católica se sirven de todos los ramos del humano saber, de todas las ciencias y artes para sembrar sus perniciosos errores, ¿por qué nosotros los des– cuidaremos para la propagación de la verdad? Es innegable que la educación científico-misionera causará en los educandos amor y estima de la vocación, dirigirá su modo de pensar, hablar y obrar con rectitud y acierto; dará normas, direc– ciones y orientaciones para realizar una labor de conquista, de evangelización rápida, eficaz y fructuosa. Es, pues, un mal pri– var a los jóvenes educandos de tantos beneficios como se podrían reportar de una educación científico-misionera, apropiada a su capacidad y grado de estudios en que se ocupen. Cierto que en nuestros seminarios y colegios religiosos se estudian ordinariamen– te con buen aprovechamiento las Humanidades, el curso filosófico y teológico; la cultura del clero, tanto regular como secular, se ha elevado considerablemente en los últimos lustros; pero en la formación de los aspirantes al sacerdocio quizá no se ha atendi– do, como es necesario, a hacerles comprender la misión redentora y universalista de Jesucristo, la catolicidad de la Iglesia, la obli– gación de continuar su obra, los deberes de la jerarquía eclesiás– tica y del sacerdocio en orden a la predicación del Evangelio y la conversión del mundo. De aquí que salen de los centros de ense– ñanza sin el verdadero concepto de lo que es y debe ser el após– tol, el misionero, embajador de Cristo sobre la tierra. Esta educa– ción misionera se podría conseguir facilísimamente y sin gran es– fuerzo, adaptando y orientando los estudios a estos fines, sobre todo estableciendo una cátedra de Misionología en la forma que luego diremos. (3) Act. Ap. Sed., 1919, ,·oL XI, p. 448
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