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234 P. Il.-MISIONOLOGÍA JURÍDICA cuando sienta los impulsos de vocación las posea, sino que trabaje por conseguirlas o que fü;nda de veras a la perfección sacerdotal, religiosa y apostólica, propia de su estado particular. 311. Formación científico-misional.-San Francisco manda, en el capítulo XII de la Regla de los Frailes Menores, que los candi– datos a las misiones sean examinados y aprobados, y que no se envíen a los que no son idóneos. Es necesaria una formación sólida, especial, científica y metódica, máxime en los jóvenes aspirantes. Es doloroso confesar que entre los católicos se ha descuidado este punto de tanta trascendencia. ¿Cuántos son los conventos y seminarios donde la formación científico-misionera forma parte integrante y obligatoria de sus programas de estudio? ¿Dónde exis– ten Manuales, exámenes, profesores especialistas, etc., de Misto– nología? De aquí que salen los alumnos con sólo los conocimientos co– munes a todo sacerdote, sin orientación fija y definitiva en el orden misional, sin bagaje y preparativos misioneros apropiados. A mu– chos, quizá, se les mandará sin haber abierto un libro de Misio– nología, sin conocer lo que comprende esta ciencia: sus bases, prin– cipios, aplicaciones, etc. Al terminar la carrera podrían pregun– tarse muchos a d mismos: «¿Qué haría yo si ahora me hicieran misionero? ¿Cómo desplegaría mi actividad entre los infieles? ¿ Cómo me arreglaría para fundar una misión?» Con toda su buena voluntad, deseos y entusiasmos, no sabrían cómo arreglarse, se expondrían al fracaso o a perder considerables frutos, por falta de educación y preparación misionera, y se les podrían aplicar aque– llas palabras de la Escritura: Sine consilio exeunt in prae– lium... (2). Hay algunos ingenuos que dicen: «A mí para misionar me basta mi breviario, mi rosario y mi crucifijo. Jesucristo es quien ha de convertir los pueblos.» Ciertamente que el elemento sobrenatural, la virtud y la gracia han de ser las primeras fuentes y los primeros medios de todo apostolado. Pero ni contradice, ni se opone a la ciencia misional, antes al contrario, exige la debida preparación y formación científica por parte del individuo, si no quiere oponerse a los designios de Dios ni frustrar, en todo o en parte, los frutos de su apostolado. Así lo dice Benedicto XV en la tantas veces ci– tada Encíclica Maximum Illud: «Punto es también que no debe descuidarse la diligente preparación que exige la vida del misio– nero, por más que pueda parecer a alguno que no hay por qué atesorar tanto caudal de saber para donde sólo se han de evangeli– zar pueblos desprovistos aún de la más elemental cultura. No puede dudarse, es verdad, que, en orden a salvar las almas, preva- (2) I Mac., V, 67.
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