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CAP. III.-FORMACIÓN MISIONERA 233 ducirá un fuego santo por las obras misionales. Los ardores de la juventud se explayarán por nuevos horizontes, clavarán su mirada en sublimes y grandiosos ideales de conquistas salvadoras; su por– venir se presentará lleno de ilusiones y saturado de poesía. En su conciencia se oirá sin cesar el mandato de Cristo, que dice: Id por eL mundo a predicar el Evangelio a toda criatura; y, a imi– tación de San Pablo, les parecerá que van por todo el mundo, predicando, convirtiendo y haciendo bien a todos. No temen ni los peligros, ni las enfermedades, ni los sacrificios, ni las priva– ciones... Todo les parecerá poco para salvar almas. Esos candi– datos que, con nobles deseos y entusiasmos, se quieren consagrar al apostolado, es necesario que estén bien formados en el orden espirituali intelectual y físico, para poder actuar con fruto en tan ardua empresa. 310. Formación espiritual. - La primera base para conseguir todos esos bellos ideales es la virtud. Sin la fe, la esperanza, la caridad, el celo, la humildad, la piedad, el sacrificio, la oración, el vencimiento, el buen ejemplo, en una palabra, la santidad de la vida religiosa o sacerdotal, nunca podrá llegar a ser buen misionero, lucerna iucens et ardens, que luzca y al mismo tiempo abrase por su ciencia y por su virtud. Por esto debe el aspirante a misionero desprenderse de lo te– rreno, tener alteza y elevación de miras, ternura y compasión cari– tativa, pureza y dignidad de sentimientos, carácter peculiar de apóstol. Es necesario que sea amante del estudio, de la oración y del cumplimiento de sus obligaciones. Monseñor Raford describía así las cualidades de que debía gozar un misionero católico: «El misionero debe tener una fide– lidad y una firmeza inflexibles, una profunda humildad, una pa– ciencia incansable, un perfecto despego de las cosas del mundo, un perfecto renunciamiento de sí mismo y de su propia voluntad, una resignación completa a los deseos de Dios, un amor insaciable al padecer, una profunda aversión a los placeres ilícitos de la carne y del mundo, una simplicidad infantil, un celo siempre nuevo, una dulzura evangélica, aun en las circunstancias más críticas de la vida, una fe inconmovible, una paz y equilibrio perfectos de espí– ritu, que descansen en la convicción que producen las verdades, una esperanza libre de desalientos, aun cuando todo parezca hu– manamente perdido; una caridad sin límites y con todos un co– razón inflamado de tal celo, que irradie su calor hasta el último confín de la tierra, levantando al cielo todo lo que toque» (1). No se puede hacer una descripción más perfecta de las cualidades espirituales que debe poseer el misionero. No se requiere que (1) Cfr. SILTESTRI-M. PAMPLONA, Ite... Lo que debe saber un misionero, p.

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