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CAP. II.-VOCAC'JONES l'vllSIONEHAS quistado el mundo, y yo todavía no lo he hecho!», y se lanza a la victoria. «¿Cómo no podré yo lo que éstos y aquéllos pudieron hacer»?, dice San Agustín, y se convierte. ¿Dónde se deccriben con colores más vivos y pun– zantes la necesidad de las almas que en los Anales? ¿ Cuántos, después de haberlos leído, han oído en el fondo de su conciencia el grito de los Mace– donios a San Pablo: Pasa los mares y ven a socorrernos? La lectura de las misiones produce en las almas llamadas al apostolado el efecto mágico, mejor dicho, divino, de aquellas palabras que arrastran a Juana de Arco hacia su providencial misión» (17). Las lecturas misionales subyugan nuestro espíritu con episodios con– movedores, con escenas dramáticas, idilios encantadores, novedad de cua– dros, lirismo de sentimientos. ¿ Quién no se llena de entusiasmo santo al recordar los viajes de San Francisco de Asís a Egipto y Palestina, los epi– sodios de la vida de San Antonio de Padua. de los primeros mártires de la Orden franciscana en Marruecos, las hazañas de Juan de Monte Corvino en el siglo xnr a través del Oriente, las correrías y trabajos de San Fran– cisco Javier en la India y en el Japón, las aventuras de nuestros célebres misioneros en el Africa y en las Indias Occidentales? ... No hay duda que todas estas lecturas son como semillas que caen en los corazones cristianos, y algún día brotará el interés, el entusiasmo por las misiones y quizá los deseos de ser misionero. Hagamos, pues, que el libro, el folleto, la revista, la hoja de mi– siones penetren en los hogares, en las escuelas, en los colegios, en los centros de educación, en las casas religiosas, y, a su debido tiempo, se recogerán frutos abundantísimos para la causa misional. 304. 4.• BIBLIOTECAS IVIISIONALES.-Para que los jóvenes edu– candos tengan facilidad de leer asuntos misionales, en todo lugar o centro docente debe formarse una biblioteca selecta, ordenada y variada, de publicaciones misionales nacionales y extranjeras; de todo aquello que, directa o indirectamente, se relacione con los problemas misionales, bien sean asuntos científicos, bien históri– cos. de organización, propaganda, ilustración, relaciones, viajes, etcétera. También se deben recibir las principales revistas que dan a conocer el movimiento misional, los trabajos y sacrificios de los misioneros, las conversiones, los frutos del apostolado, las excursiones, viajes, descubrimientos, usos, costumbres, idiomas, civilización, progreso, etc. Todo eso debe estar a disposición de los alumnos, siempre, claro es, bajo la inspección y prudente direc– ción de los superiores y rectores. Una biblioteca misional bien montada es como un foco de luz que irradia fulgores a la inteli– gencia del joven que sabe servirse de ella discretamente (18). (17) Cfr. c. SILVESTRI-:\1. PAMPLONA, Ite..., p. 34. (18) El P. Manna, hablando de los protestantes, escribe: «Si queréis al:so en particular, os diré que en muchos seminarios protestantes hay una cátedra de ciencia de las Misiones. En 75 por 100 de los seminarios protestantes de los Estados Unidos y el Canadá se dan cursos r<'gulares de este estudio. Los estudiantes están cuscritos a mucbas revistas de Misiones. Uno de ellos "tuvo la rpaciencia de examinar los catá– logos de 68 bibliotecas de seminarios protestantes, y averiguó que en cada uno había por término medio 603 volúmenes de materias misionales. Del estudio de las Misio-
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