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228 P. II.-MISIONOLOGÍA .JURÍDICA El Papa sigue en la misma Encíclica recomendando que se hagan también oraciones públicas y colectivas en las catedrales, iglesias, colegios, casas religiosas, centros de educación, etc. Sería bueno que en todas las asociaciones piadosas, cuando se reúnen para celebrar sus funciones religiosas, se les inculcase la necesi– dad de orar por la propagación de la fe y elevasen colectivamente plegarias especiales y fervorosas por la extensión del reinado del divino Jesús y por el aumento de vocaciones misioneras. 302. 2.º ALOCUCIONES.-En los discursos, conferencias, sermo– nes, pláticas, instrucciones o cualquier otro género de alocucio– nes se puede mostrar a la juventud el ideal de las misiones; los trabajos, sacrificios, privaciones y méritos de los misioneros; el valor de las almas, los deseos de Jesucristo, de la Iglesia y otros argumentos aptos para formar la conciencia misional, suscitar vo– caciones y educar las voluntades. 303. 3.º LECTURAS MISIONALEs.-La idea misional se fomenta también con la lectura de libros, revistas, periódicos, etc., de mi– siones. En la prensa misional es donde se ven las conversiones y obras que realizan nuestros misioneros. «Leyendo esos folletos esparcidos por todo el mundo-dice Mons. Du-Pont, refiriéndose a los Anales de la Propagación de 1a Fe--se aprende a conocer lo que es el apostolado católico... Allí se narran con encantadora sencillez las pacíficas conquistas de los pueblos, a las que el divino Salvador no puso otros límites que los límites mismos de la tierra, al decir: Eritis mihi testes usque ad uLtimwn te– rrae (15). Y ante la narración de esas correrías y predicaciones continuas, de esas persecuciones y fatigas de todas suertes, cuyo eco nos llega de todas las partes del globo, no se puede menos de exclamar con el Apóstol: Qucim speciosi pedes evangelizan– tium pacem evangelizantium bona (16). No hay que dudarlo, la lectura continuada y metódica de obras misionales conmueve y encanta a la juventud, ávida siempre de ideales y entusiasmos. «Desafío a cualquier cristiano digno de ese nombre a que lea las pági– nas de los Anales de las Misiones Católicas, donde se narran las luchas con el demonio, las apostasías de los prosélitos, la aspiraciones de los in– fieles, la dificultad de las conversiones y los gemidos y las súplil'as de nues– tros misioneros, sin repetir las palabras de Clodoveo al escuchar la histo– ria de la Pasión de Jesucristo: «¡Oh! ¡ Por qué no habría estado yo allí con mis Francos!» Lo sabemos por experiencia que el ejemplo produce siempre una generosa emulación. Temístocles ciñe la espada atormentado por el recuerdo de las victorias de Milcíades; Julio César suspira al contemplar la estatua de Alejandro Magno, y exclama: «¡A mi edad había él ya con- (15) Act., I, 8. (16) Rom., X, 15

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