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CAP. II.-VOCACIONES MISIONERAS 227 penitencias, y mientras me mortifico, digo al Señor: Dios mío, no cesaré de castigarme mientras estas almas no se conviertan a Vos. Paso horas en este ejercicio, y siempre me sentí ansiosa de padecer por la salvación de las almas» (11). Conocidísimos son los sacrificios, penitencias y oraciones por la salvación de las almas del Serafín y Apóstol de la Umbría, San Francisco de Asís, de Santo Domingo de Guzmán, San Alfonso de Ligorio, San Felipe Neri, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, San Vicente de Paúl, de San Antonio Claret y de otros muchísimos santos y funda– dores de Institutos religiosos (12). ¿ Y quién no conoce el celo por las almas que ardía en el corazón de Santa Teresita, declarada por el Pontífice Pío XI Patrona Universal de las Misiones? Ella manifiesta €n el examen canónico que precedió a su profe– sión r€ligiosa, que fué al Carmelo para salvar almas y rogar por los sacerdotes. «Yo quisiera-dice ella misma-ser misionera, no solamente durante algunos años, sino haberlo sido desde la crea– ción del mundo y continuar siéndolo hasta la consumación de los siglos» (13). La oración es la gran palanca que ha de poner en movimiento al mundo moral y religioso ; Jesucristo podía hacerlo por sí mis– mo; no tenía necesidad de nosotros, porque él impera a la muer– te y los hombres resucitan; manda a los demonios, y le obedecen; impone silencio a las embravecidas olas del mar, y se calman; dice a los paralíticos que anden, y sus miembros se vigorizan; nada se resiste a su voz, todo le obedece; y, sin embargo, Jesús quiere que roguemos para que el Señor envíe más operarios al campo de la mies. El Divino Maestro quiere que oremos por las misiones y misioneros, por las vocaciones y las obras misionales. Eco de estas enseñanzas, el Pontífice Pío XI nos dice en la En– cíclica Rerum Ecclesiae: «Y en primer lugar, procurad de pa– labra y por escrito introducir entre vuestros hijos y hacer que crezca constantemente la santa costumbre de rogar al Señor de las mieses que envíe obreros a su campo y pedir para los fieles los auxilios de la luz y gracias celestiales. Reparad que hemos dicho la costumbre y uso constante y duradero de orar; porque, como todos vemos, ésta ha de lograr e influir necesariamente con la misericordia divina mucho más que las plegarias aisladas o en– cargadas sólo de cuando en cuando» (14). (11) Cfr. P. MANNA, La conversión de! mundo infiel, pp. 227 y sigs. V. Un Tesoro Ocu!to, o sea Diario de Santa Verónica de .Julianis, Capuchina, escrito ,por ella misma y publicado por el P. PEDRO PrzzrcARIA, S. J., trad. por ARTURO MASRIFJ<A, t. I, pp. 140 y sigs., Barcelona, 1905. (12) Cfr. F. M>-"<NA, L c. (13) LA BrE:-;-nEUREUSE TnÉnEsE DE L'ENFANT .JÉsus, IIistoire d'une cL1ne, ehap. XI. p. 214, Bar-le-Duc, 1923. (14) Act. Ap. Sed., 1926, t. XVIII, p. 69. V. J. GornuRu, E! proll!eina misionero (14, Co11tem7J!ación y Misiones), ,pp. 58-62, Madrid, 1947; HA~1ó::-. GAnKA, S. J., Dei;o– cionario misiona! o Manua! ascéticopráctico de Misiones, Bilbao, 1942.
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