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CAP. II.-VOCACIONES MISIONERAS 225 recibir el Evangelio y no tener quién se lo enseñe; encontrarse delante una mies copiosa, y verla perecer por falta de quien la recolecte, es un dolor mil veces más acerbo» (3). Considerando que hay todavía tantos millones de almas que no conocen al verdadero Dios y que andan errantes como ovejas sin pastor; que se encuentran fuera del camino y gritan como el ciego de Jericó: Jesús, Hijo de DaiJid, ten compasión de nos– otros ( 4) ; tantos millones de hombres acampados en el desierto sin pan con que hartar su terrible hambre ; mas Jesús, dirigién– dose a los Apóstoles, es decir, a los misioneros, les dice: Dadles de comer. Marchad, predicad, enseñad, convertid, bautizad, so– corred a tantos infelices. Y a la voz de Jesús se organiza el ejér– cito misionero de sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares. Pero ¿qué son todos estos operarios de la vifla del Sef10r para tanta recolección como hay? ¿Qué proporción guardan con el in– menso número de hombres que están fuera de la Iglesia? Y si concretamos el número a solos los sacerdotes, que son los propia– mente misioneros, ¡qué desproporción más enorme y desconsola– dora no encontramos! ¡Qué mies tan copiosa! ¿Qué nos diría Jesús, si volviera hoy a la tierra? «Id, empuñad la hoz evangélica y re– coged el fruto maduro» ... Es, pues, deber de todos, y muy especial de sacerdotes, con– fesores, directores, maestros, superiores, rectores, prelados y todo el que tenga, directa o indirectamente, que intervenir en la edu– cación de los jóvenes, fomentar e inculcar a sus subordinados el espíritu misional, las vocaciones misioneras, tan necesarias para la salvación de las almas. Todo el gentilismo extiende sus brazos suplicantes hacia nosotros y pide a sus ministros que corran a salvarle. «Urge la necesidad-dice Benedicto XV-de cubrir los huecos que abre la extremada falta de misioneros; que si siempre fué mucha, ahora, por motivo de la guerra, preséntase en proporciones alarmantes, como que muchas parcelas de la viña del Señor han tenido que quedar abandonadas. Punto es éste, Venerables Her– manos, que nos obliga a recurrir a vuestra próvida diligencia; y sabed que será la más exquisita prueba que daréis de afecto a la Iglesia, si os esmeráis en fomentar la semilla de la vocación mi– sionera que tal vez empiece a germinar en los corazones de vues– tros jóvenes sacerdotes y seminaristas. No os dejéis engañar de ciertas apariencias de bien, ni de meros motivos humanos, so pre– texto de que los sujetos que consagréis a las misiones serán una pérdida para vuestras Diócesis» (5). (3) Cfr. SAMUEL CULTRERA. o. F. M. Cap., IL missionario, en It Massaia, 1930, t. XVII, p. 75. Habla de la China. (4) Luc., XVIII, 38. (5) Cfr. Maximum illud, Act. Ap. Sed., 1919, t. XI, p. 452. 15

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