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CAP. IV.-FUNDA.'VIENfOS MORALES 177 '' " Los teólogos, explicando el concepto paulino del Cuerpo Místico, sue– len distinguir en la Iglesia los órganos, que rnn todos los que constituyen la jerarquía, y los miembros, que son los simples fieles (50). Siendo el apos– tolado misional una de las funciones vitales de la Iglesia, pertenecerá a la jerarquía, no a los simples fieles. Respondiendo a esta objeción, que sustancialmente es repetición de la precedente, decimos que el desarrollo de un organismo no es función de alguna de sus partes, sino de todas y cada una; de la misma manera, el deber de procurar el desarrollo y extensión de la Iglesia incumbe a todos sus miembros sin distinción. «Todo ser-dice el P. Charles--obra en cuanto está en acto, y está en neto por ,m forma. En un todo, que no es acciden– tal, sino especítico, la forma de las partes es tnmbén la forma del todo. La forma del todo es, evidentemente, la que debe procurar la perfección de ese todo. Se sigue que las partes de un todo esp-ecíflco, por su misma forma, deben procurar también la perfección del todo. Ahora bien: en todos los agentes libres la necesidad de obrar se llama obligación. Luego todos los miembros de ese todo especifico que se llama Iglesia tienen la obligación de procurar la perfección de la misma en modo que corresponda a su cre– cimiento y desarrollo, hasta llegar a las dimensiones normales. Esto es ob– jeto de la actividad misionera» (51). 3." En algunos países católicos se constata una disminución creciente de vocadones eclesiásticas; si a las pocas que permanecen se abre el camino para las misiones; la grey quedará sin pastores... Esta objeción no tiene valor práctico. Siguiendo este criterio, los Após– toles nunca habrían salido de Palestina. La prim0ra nel'c>sidad es establecer la Igl-esia sobre la tiPrra, y Dios harú germinar las vocaciones. Por una que se da para las misiones, Dios suscitará otras muchas, como está de– mostrado por la experiencia. Los dos grandes Pontífices de las misiones, Benedicto XV (52) y Pío XI (5:1), han respondido suficicientemente a esta objeción, y no hay motivo para insistir más en ella. 4.ª Otros dicen: Las misiones Zas tenemos aqní; porque las condiciones religiosas y morales de Europa y de otros países que se dicen católicos no son mejores que las de muchas regiones de misiones ... No hay duda que el ateísmo, el indiferentismo, la irreligiosidnd, etc., in– vaden las naciones católicas, especialmente en las grandes metrúpolis. :No negamos la necesidad de trabajar en este campo para la conversión y sal– vación de las almas; pero hemos de tener presente que el fin específico de las misiones es establecer la Iglesia, a fin de que todos los hombres dispongan de los medios necesarios y ordinarios de salvación. En los países donde ya está establecida, los hombres no carecen de este medio, y depende de su libre voluntad el aceptarlo o no; mientras Pn las regiones donde to– davía no se ha plantado ni. desarrollado, carecen de él. La salvación de los hombres por vía ordinaria ti0ne que venir de la Iglesia; luego es necesario hacerla llegar a todos. 5.ª En muchos países o rogiones católicas hay muchas necesidades eco– nómicas para la Iglesia, el culto, las obras asistenciales, el pauperismo y la desocupación, siempre crecientes; ¡_por qué exigir todavía la coopPración para las misiones extranjeras, ruando los fieles están tan agobiados con las exigencias económicas aprPmiantes del propio país? A esta objeción podemos responder con las palabras del Evangelio: IIaec oportet jacere, et illa non omittere (54). La caridad generosa y ordenada (50) Ibíd. ffill H,;d., 'P· 167. (52) Cfr. Maximion illud, _4ct. Ap. Sed., mm, t. XI. 'Il,l. 452-453. (53) Cfr. Rerum Eecl., Act. Ap. Sed., 192li, t. XVIII. pp. 70-71. (:í4l L11c., XI, 42. 12

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