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176 P. I.-MISIONOLOGÍA DOCTRINAL 214. Objeciones.-1." ¿Todos los católicos, individualmente, están obli– gados a ayudar a las misiones? Que el deber obligue al pueblo cristiano en general, es cosa evidente; pero esa obligación general, ¿desciende sobre todos y cada uno en particular? El P. Grentrup, S. V. D., defiende que no. «El derecho natural-dice-exige que la sociedad consiga su fin necesario y que los miembros de ella suministren los medios necesarios. Lo impor– tante de esa exigencia es que existan los medios indispensables; pero es accid,entaL y, por tanto, indiferente que todos los miembros o solamente al– gunos den todo lo que se necesita. Si uno de la sociedad declarase que él sólo daría todo lo que es necesario para conseguir el fin, los demás que– darían libres de toda obligación. Por esta razón de que la propaganda de la fe sea un fin necesario de la iglesia y que sin la cooperación del pueblo cristiano no se pueda obtener, lógicamente se sigue solamente que el pueblo católico debe preparar los medios, mas no que todos in individuo pro rata parte deban contribuir» ( 48). A esta argumentación podemos responder: 1) Data et non concessa la hipótesis en el orden puramente teórico, en la práctica el concurso y ayuda de sólo algunos no sería suficiente para llenar las necesidades de todas las misiones. 2) En la suposición, y con el pretexto de que algunos bastarían para cumplir con el deber, los demás se creerían eximidos y no se obtendrían en realidad los medios necesarios. :l) Pero la razón más poderosa es que la obligación recae esencialmente sobre todos y cada uno sin excepción; por– que es inherente a todo miembro de la sociedad cooperar al bien común de la misma según su posibilidad. Escribe a este propósito el P. Charles, S. J.: «Los miembros de una sociedad participan todos de las obligaciones esen– ciales a la misma. Todos, en efecto, en cuanto miembros, deben procurar el fin social de la colectividad. y no pueden ser excusados más que por la imposibilidad física. Es imposible concebir una sociedad moral sin la cons– piración de las voluntades de sus miembros al fin de esta misma sociedad. SiPndo, pues, la Iglesia una sociedad obligatoria, es necesario que para todos sus miembros sea objeto de obligación lo que es esencial a su bien. Las obligaciones reservadas a ciertas categorías de miembros no pueden ser más que obligaciones particulares derivadas de las generales, como se demuestra por los ejemplos: La Iglesia no tiene la obligación precisamente de absolver, sino de desterrar el pecado ; y si el sacerdote sólo tiene el de– ber de absolver, todos los fieles deben, por la contrición y la sumisión al poder de las llaves, trabajar para eliminar el pecado. La Iglesia tiene la obli– gación de conservar su unidad; y si el jefe sólo tiene el deber de mandar, todos los fieles lo tienen de obedecer. Estas son dos maneras de asegurar la unidad del cuerpo social. La Iglesia tiene la obligación de guardar el depósito de la verdad divina; y si la jerarquía sola tiene el deber de definir la doc– trina, todos los fieles tiene d deber de admitirla. Estas son dos maneras de mantener la fe. La verdad, la unidad, la san– tidad y el crecimiento son obligaciones esenciales que recaen sobre todos los miembros de la Iglesia. Todos deben contribuir a conservar la verdad, sin la cual no hay Iglesia; lo que no quiere decir que todos deban enseñar. Todos deben ayudar a mantener la unidad; lo que no significa que todos deban mandar. Todos deben trabajar para hacer progresar la santidad; para lo que no se requiere que todos deban absolver. Todos deben procu– rar el crecimiento de la Iglesia; lo que no quiere decir que todos vayan a tierra de misiones y prediquen a los no cristianos» (49). Luego todos deben concurrir al fin de la sociedad, pero no todos del mismo modo; cada cual según su posición. (48) Cfr. O, c., p. 96 (49) Les Dossiers..., pp, 166-lGi.

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