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CAP. IV.-FUNDAlVlENTOS MORALES 173 tol Santiago dice que el que salva un alma hace una cosa grande: «Hermanos míos, si alguno de vosotros se desviare de la verdad. y otro le redujere a ella: debe saber que quien hace que se con– vierta el pecados de su extravío. salvará de la muerte su alma, y cubrirá la muchedumbre de los pecados» (41). Ejemplos admira– bles de esta caridad tenemos en los primeros cristianos, que an– daban por las ciudades y pueblos instruyendo y convirtiendo gran número de paganos, y ayudaban a las nacientes y necesitadas co– munidades con las limosnas, como se lee en los Actos de los Após– toles (42) y en las Epístolas de San Pablo (43). 207. Tercera fuente: la naturaleza de la lglesia.-La Iglesia es una sociedad visible, sobrenatural y perfecta, establecida por Je– sucristo Nuestro Señor a fin de que en ella todos los hombres re– dimidos con su sangre encuentren los medios ordinarios de santi– ficación y de salvación eterna; por tanto, esencialmente, exige se -extienda a todos sin excepción. Es así que este fin no podrá con– seguirse sin la cooperación de los fieles; luego están obligados a cooperar en el modo que les sea posible. En efecto; la jerarquía. los sacerdotes y misioneros que, en una manera u otra están des– tinados al apostolado, no pueden por sí solos disponer de todos los medios y subsidios necesarios para extender la Iglesia y evange– lizar el mundo. Para que no se frustre el fin establecido por el divino Fundador, es necesario que todos los miembros, incorpora– dos a esta sociedad sobrenatural por el bautismo, trabajen y co– operen en la medida de sus fuerzas. En otras palabras: se debe procurar que la Iglesia sea católica de hecho, aun en el sentido etnológico y geográfico; que llegue hasta los confines del mundo: que no sea exótica en ninguna región de la tierra; que se plante, se desarrolle, crezca y florezca en todas partes. Evidentemente, para realizar esa empresa gigantesca son necesarios los esfuerzos del clero, las fatigas del misionero, la valiosa cooperación de todos los miembros, cada uno según la condición y el puesto que ocupa -en la sociedad cristiana. 208. La obligación de todos los miembros de la Iglesia de tra– bajar y cooperar al fin específico de las misiones, que es plantar, consolidar y desarrollar la Iglesia hasta que llegue a ser adulta en todas partes, pertenece a la virtud de la justicia. La razón es clara: todos los miembros de una sociedad están obligados a pro– curar el bien común de la misma. Ahora bien ; conspirar y contri– buir al bien común pertenece a la justicia social o legql; luego, (41) Jac., V, 19-20. (42) Act., IV, 32 (43) I Cor., XVI, 1-4; Plti!., IV.

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