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CAP. !\',~"-FUNDAMENTOS MORALES 1C5 Estando, por consiguiente, la Iglesia obligada a llenar el fin para el cual fué fundada, ha de estarlo, por consecuencia lógica, "' poner el medio necesario para conseguirlo, que es la evangeli– zación del mundo por medio de las misiones. Los deberes misio– nales en la Iglesia son de capitalísirna importancia. Para com– prenderlos mejor descenderemos en particular a cada una de las diversas categorías principales de los miembros que componen el Cuerpo Místico de Cristo. ARTICULO II SUJETOS DEL DEBER 197. Entre los católicos ninguno duda de la obligación moral, en general, de propagar la fe por todo el mundo; pero es evi– dente que no a todos obliga igualmente, ni pueden cumplirla de la misma manera. Jesucristo dió el mandato in solidum al Colegio Apostólico, del cual pasó a sus sucesores. La obligación compete primariamente al Romano Pontífice, sucesor de San Pedro en el primado, y subordinadamente a los obispos en comunicación con el Sumo Pontífice, como sucesores de los Apóstoles en el gobierno de las Iglesias. Por esto dice el Código: «Munus fidei catholicae praedicandae commissum praecipue est Romano Pontifici pro uni– versa Ecclesia, Episcopis pro suis dioecesibus» (can. 1.327). Esta predicación del Evangelio no ha de entenderse aquí únicamente la que se hace a los fieles para exhortarles a su mejor observancia, sino también la que se hace a los acatólicos para enseñarles la verdadera fe; es decir, que el Romano Pontífice y los Obispos no sólo están obligados a conservar la fe, sino también a propagarla. Además del Papa y de los Obispos, incumbe también esta obliga– ción a los sacerdotes, Ordenes e Institutos religiosos, según sus respectivas legislaciones. A este fin están obligados a cooperar los simples fieles en la manera que les sea posible. Para mayor claridad trataremos de cada uno de estos puntos en particular. 198. l. Deber misional del Romano Pontífice. - En primer lugar, el Romano Pontífice, como Vicario de Cristo en la tierra y legítimo sucesor de San Pedro, tiene el sagrado deber de ense– ñar y predicar la fe católica a todos los hombres, pues a él está confiado el munus apostolicum de apacentar las ovejas que están en el redil evangélico y de a traer las que todavía están fuera de él. San Juan Crisóstomo pregunta: «¿Para qué derramó Jesu-

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