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- E.34 - ¡Jió el vital aliento, rubricando con su suceso horri• sangre la menuda aren:n, y atravesando ble. con su agonía el corazé:n de su hermano. Este, atado al árbol, esteraba por puntos el último lance de su. vida, y aún ya le parecía é¡ue despedida del inclemente arco oía el silbo de la Hecha, que rom· piendo el aire, .su peche penetraba; pero los bárbaros. tal vez rn,ás encruelecidos con él, lo desataron del tronco, y con al• borozada gritería lo enfraron de tropel <'n los greñudos senos de la mont.aña. Llevá ronlo á lo más intrincado y espeso de la breña, donde en unas pajizas y mal compuestas chozas, tenían unos ído· los de piedra, con alguna semejanza de serpientes; así que ent:-aron' en aquel i<lólatra panteón, desnudos como esta– ban, formaron con algm1as mujeres que allí había una danza. qne más parecía d,e espíritus malignos q::ie de personas humanas; y con gustosa algazara, dan– zaron en círcuito de los pofanos altares. Absorto miraba Pedro esta bárbara su– perstición, esperando q .10 lo ofreciesen por sacrificio á aquel ídülo, cuando lle– ~ándose, á él una mujer anciana, le ochó mano á la barba, y levantándole el rostro arriba, le echó en la boca, y le hizo beber cierto licor, con el cual que– dó absolutamente privado de sentido. Lo que hicieron 'después con él, donde lo llevaron y quién lo libró de manos de aquellos indioe, él mi:,mo no lo supo, Lo secuestrnn I d , l b . l los indios porque cuan o paso a em naguez ar- guísima produc·ida por :1quel licor ve·

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