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- 333 - bres á niuguno le niega sus auxilios; pe– causa ,fo ·su ro como Rspid ventlncso que, según dijo perdición. David, cierra los cidos por no escuchar las voces del más sabio encantador, cerra– ba él los suyos, y se bacía sordo á las di– vinas inspiraciones. Dios lo llamaba, y con la aldaba de su so'Jerano auxilio da– ba golpes á la puerta die su alma; pero él, bien hallado en sus vergonzosas delicias, no quería responder, y á Dios sordo. se hacía. Hallábase tan metido en la impu– reza, que, no acertaba á salir, semejante á la avecilla que quedó envuelta en la peligrosa red, que entre las pintadas flo– res el cazador cautelos:~mente le puso; y lo peor era que estando preso, no solo en la red, .sino en la tupida jaula del delito, vivía gustoso, y pasaba entretenido las noches y los días. En ese estado, todas las cosas, á que echaba mano, se le frus– traban, no hallando logro en convenien– cia alguna, ni ·desc&.nso en sus mayores gustos. A.ndaba Dios com él como luchan– do en campal contiendr·; Dios le atajaba los caminos de la culpa y él por esos ca– minos corría precipitado; Dios quería embarazarle los medios de su perdición, y él si nn medio se le fru;traba, procura– ba otro. Esto hacía Dio:i con él; pero él, nada experto en los ,Cll'minos de Dios, · juzgaba casualidad, ó cono solemos decir poca .fortuna, lo que solo era divina pro– videncia. Que somos taJ. ignorantes los . . 1 hombres, que si pretend3mos alguna co- t;~~'. s º s ' 0 sa, que ha de 'ser co::1denación de nues– tras almas, y no la conseguimos, porque

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