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- 249 - vino que en su corazón ardía, el cual le salió al rostro con tan vivos resplando– res, que á los circunstantes p8rturbaba la vista, lle.nándolos de admiración, y de un extraño consuelo. Sus ojos d~I mismo modo, saliendo de su acostum– .brada mortificación, quedaron· abiertos, resplandecientes y centelleando tantas luces, que parecían dos luceros. Así es– piró, muriend9 más que de la fuerza de su accidente, de la actividad del divino fuego que en su corazón ardía. Difunto ya para el siglo, aunque vi– vo para el cielo, quedó nuestro Fr. Mi– guel; pero nuestros religiosos que se ha– llaron presentes, pasmados y como ex– taticos, se mirab.an unos á otros, sin tener aliento para proferir palabra al– guna, manifest:rndo en esto .. Ja admira– ción que los ocupaba; hasta que. al fin, prorrumpieron en 3quellas palabras de David: Mirabilis Deus in sanctis suis. Luego que en la ciudad se i,;upó la muerte del siervo de Diós, como todos habían formado de sus virtudes altísiruo cemcepto venerándolo como á santo, acudieron muchos vecinos, no sólo á venerar su cadáver, sino también á so.– licitar alguna de las cosas que hubiesen tenido contacto físico con el cadáver del siervo de Dios; y. fueron tantos los em– peños, que se vió precisado el P. Guar- • dián á repartir entre los devotos, no só– lo aquellos utensilios pobres de que ha– bía urndo, sino también en menudoe pe, daz(1s clos hábitos que le habían servido. Su sa:ntá muerte. Con.mocÍÓn que causó,

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