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- 265 - ~.:,S:,@.@.@.@.@.@.@.@.@.-.@:....JJ viéndose 1Úontones de cadáveres en· las plazas, en las calles y en las aceras de Mortand!ód las casas, causando un pánico horrible ospantoija, y dejando á l,11 Ciudad tan diezmada, 'que aún no ha vuelto á reponerse su población. En el tiempo que duró el rigor de la epidemia: cada casa de Se. villa era un hospital, cada plaza un la- zareto, y sus alreded0res un inmenso eementerio donde se enterraban diaria- mente por millares los difuntos. En sítuación tan afiietiva el P. Francisco de Jerez que era Guardián del convento, al frente de sus religiosos se dedicó á la asistencia espiritual y corporal da los apestados, pues llegaron á escasear tan- to los artículos de primera necesidad, que algunos morían de hambre. Este P. Francisco de Jerez llegó á ser entonces tan popular y de tal suerte se captó las simpatías de todos, que le die– la llave de la puerta de Córdobn, que él y sus cnpnchtnos purlieran entrar y salircwmdo quisiesen en la ciu– dad, fiándole la guardia y custodia. de dicha puerta, á cuyo pié hacía de centme• la día y noche un capuchin~ en aquél tiempo en que Sevilla era crnd~d mu– ra-da. Los Padres de la Comurndad se consagraron al servicio de los apestados, tanto en los hospitales, como en las ca- 8üs particulares y en las par¡oquias para administrar los Sacramentos, porque no bastaban los sacerdotes seculares para H . atenderá todos. Fué tanto lo que se enar- a~ºi~':º . h • l · · 1· 0 0apuc41no~. decieron los capuc .mos en e e3erc10 34

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