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- 219 - empezó á sospechar era mal contagioso, el que en la ciudad se experimentaba, y su caridad que por ser tantos los enfermos muchos morían por falta de asistencia, al oír esto aquel corazón caritativo se deshacía en lágrimas de compasión, sintiendo el no poder emplearse en sel'vir á sus her- manos. (Id. 251.) No quiso Dios se frustrasen los deseos de su siervo y así habiéndose declarado la peste, dispuso la Ciudad que se abriese un hospital, el cual se formó en el Molino de la pólvora, al que concu– rrieron diversos capuchinos para el es– piritual consuelo de los apestados, y entre ellos fué nombrado el Padre Fray Dionisio, por compafíero del Padre Fray Antonio de Alcaraz. Ocho meses estu– vieron estos dos benditos Padres, sir– viendo no sólo á los enferm('S, que es– taban en el hospital, sino también á los que en sus casas se hallaban :wcidenta– dos. Y no sfl contentaron con solicite r– les el bien y alivio espiritual, adminis– trándoles los Santos Sacramentos, sino que, como era tanto el número de los pobres desvalidos de los cuales desfa– llecían muchos por falta de alimentos, los dos caritativos Padres recogían li– mosnas, así de viandas como de los medicamentos y por su mano les repat· tian aquellas, y aplicaban estos. Así se mantuvo nuestro Fr. Dionisio compla- cido, y consolado el tiempo dicho; pero Cuida "' ios como Dios lo tenía reservado parn otra enfermos. mayor necesidad, lo conservó bueno y

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