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CAPÍTULO XXIX D1·ovi11cia1ai-o de N. P. Fulgencio \J 1us– t1·e (]Ue dió á la Provincia L legado el día de las elecciones, pu– Lo eligen Pro- . sie_ron todos ~os capitnlares·s?s _ojos vinciat. en_,,el siervo de D10s y por unamn:ndad de votos lo hicieron ProvinciRL No ha v voces con que explicar la común con;• placencia que cansó en la Provincia toda esta 11oticia, como ni tampoco hay tér– minos bastantemente expresivos para deci(cuánta fué la confusión que ocupó á varón:tan _hnmilde, al verse elegido para la primera silla,'cuando en su edi– rnación~era indigno del hábito que ves– tía y de estar en compañía de sujetos tan graves; pero como N.S. P. San Francisco dejó escrito en su regla que los Ministros sean siervos de los otros fraile.?, solo esta cualidad fné la que ha– lló en su estimación apreciable en aquel oficio, y así ernpezó á gobernar la pro– vincia del mismo modo que había ya gobernado los conventos <le que fué guardián. No hizo novedad en cosa al– guna de las_ que halló en práctica co– mún de la Provincia, pero tampoco permitió que en su tiernpo se menos cabase en lo más leve la regular disci– plina; antes sí, con la eficaz persna¡,iva ~ir~~~·te en el de su eiemplo y con la doctrina apostó– lica que en las visitas de los conventos

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