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234 ro constantemente. La humanidad, a su vez, dividida, dentro de su unidad de origen y de especie, en tribus, razas, púe– blos y naciones, va evolucionando a través de los siglos, en medio de ese abigarrado conjunto de episodios que forman la historia del género humano, la curva sinuosa del progreso y civilización de los pueblos. Tanto el mundo de la materia como el hombre, tienen una finalidad propia, hacia la cual ca– minan inexorablemente. Pero ¿cuál es este fin? ¿A dónde van caminando los astros, la humanidad? ¿Cuál es el término de su evolución y el punto de llegada de su continuo moverse? ¿Porqué caminos los lleva Dios a la realización de sus des– tinos? He aquí, mi querido amigo, el «fínis operis» el fin pró– ximo, intrínseco, del universo, que yo afirmo que ignoramos, porque el problema de los orígenes y del fin de las cosas, es– tá fuera de la ciencia, porque está fuera de toda observación y experiencia. Aquí es donde podemos exclamar: « Quam in– comprensibilia sunt juditia Ejus et investigabiles viae Eius! Quis consiliarias Ejus fuit? » Y precisamente .de esta ignorancia en que estamos res– pecto a los caminos por los que lleva Dios a sus criaturas, brotanJos. problemas que levanta ante el hombre la existen– cia innegable de la Providencia divina por un lado y por otro los ayes y protestas que .arranca el dolor de los corazones, 1 triturados por las tragedias de la vida, para depositarl~s, en demanda de una explicación, a los pies de aquel que sabe sa~ car bienes de los males y sabe escribir derecho en líneas al parecer torcidas. Distinga, mi querido amigo, el fin de Dios en la Crea– ción, que conocemos y sabemos no ser otro que manifestar sus perfecciones infinitas del fín próximo y propio que tie– nen las criaturas según su naturaleza, que es el que ignoras mos, y habrá resuelto la aparente contradicción a que Vd. alude. (1) ¡Cuán incomprensibles son, Señor, tus juicios y cuán ocultos tus caminos! ¿Quien fué tu consejero?

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