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128 P. DAVID DE LA CALZADA sentan los cristales de colores de las pasiones y del mun– do. Y vendrá la plusvaloración de las cosas materiales, de– jadas a un lado las enseñanzas de la razón y de la fe, que nos dicen que en todas esas cosas no hay más que ficción, apariencias, mentira y engaño. Y vendrá la depreciación de lo espiritual y eterno (la gracia, el mérito, el alma, Dios), porque todo esto ni se ve, ni se toca, ni se gusta, ni se cotiza en el mercado humano. La fe y la razón las ha– bremos dejado dando voces en el desierto, porque no nos importa lo que ellas nos digan y, para no oírlo, nos hemos alejado. Alguien ha dicho que, por la prisa de vivir y de gozar, se olvidan a menudo las mismas razones de la vida. Para prevenir ese fallo, que nos sería fatal, escribe otro autor: "La primera regla que se ha de tener presente (para no errar en los juicios prácticos), es no juzgar ni deliberar con respecto a ningún objeto, mientras el espíritu está bajo la influencia de alguna pasión relativa al mismo objeto". A un niño de diez años le preguntaron un día ante las cámaras de la televisión, qué era lo primero que haría él, si le eligieran Presidente de los Estados Unidos. En el primer momento el niño quedó estupefacto ante la pregunta no esperada. Nunca se había imaginado posibi– lidad semejante. Pero el niño no tenía pelo de tonto y, reaccionando rápidamente, contestó: ¿ Que qué haría? Mandaría abrir e inspeccionar las cabezas de mis elec– tores... Es muy difícil que el elemento electoral de una nación venga a elegir primer magistrado en ella a un niño. Sería una monumental estupidez, y quizá un suicidio nacional. Isaías nos dice que Dios, en castigo de Judá, "les dará mo– zos por príncipes, y reinará sobre ellos el capricho ... " Y creo que es de otro profeta aquello de: "Desgraciados los pueblos gobernados por niños o por mujeres". Pero, como se dice por ahí que el sentido común es el menos común de los sentidos, se cometen a diario otras infinitas locuras, más absurdas y monstruosas aún. Ante tantas conductas, incomprensibles en seres racionales, ¡a cuántos tendríamos que abrirles la cabeza para ver si hay en ella masa encefálica o sólo serrín! ... Esta vida alocada y absurda, al margen de la razón, la observamos hoy con demasiada frecuencia en buena parte
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