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458 PUENTES PARA LA HISTORIA COLONIAL DE VENEZUELA ya liados sus trastes, dispuestas las canoas para la fuga, se despachó aviso por los religiosos que les asistían para que el prelado con los vecinos les atajasen sus bárbaros intentos, que era el fin para que fundó dicha villa por orden de Su Majestad, y llegaron a tan buena sazón que los trajeron cuatro leguas a incorporarles con los indios pacíficos y de la misión de nuestro Padre San Francisco de Tirgua, para que con la vecindad de los españoles se sujetasen e hicieran sus labranzas para poderse mantener. Sin embargo algunos lograron la ocasión de huirse, otros fueron cogidos algunas leguas del pueblo en medio de su fuga, asegurando algunos de sus hijos en las casas de los vecinos, mientras se aquietasen. Después de esto el día treinta de noviembre del año pasado de ochenta y nueve se despachó al Padre Fray Ildefonso de Zaragoza al hato del capitán Ceballos donde habían salido unos indios huyendo de otros que les habían muerto casi toda su gente, para con ellos buscar los indios que habían quedado vivos y otros de su nación, para que, escarmentados del suceso, lograsen la defensa de la compañía del Padre y la vecindad de los españoles. Cuatro meses estuvieron en estas diligencias, discurriendo por ríos y caños, y no pudieron descubrir ninguno y nada tuvo efecto. A veinte y siete de febrero de este presente año de noventa entró segunda vez el Padre Fray Buenaventura de Vistabella con cuatro indios de los retirados del pueblo que se desvaneció, con unas canoas, ofre- ciéndoles que, si juntaban a sus parientes apóstatas en el sitio que ellos quisiesen, irían todos sus parientes que estaban en la misión, como ellos retirados, para que viesen que sólo buscábamos su salva- ción. Todo el mes de marzo y abril hasta mediados de mayo anduvo dicho religioso con los cuatro indios navegando por los ríos y, al cabo de este tiempo, vino aviso con los mismos indios cómo quedaba el Padre con cincuenta familias poblándolas en el sitio que ellos llaman Camaguán, junto a las islas de Apure: que venían ya por los parientes que les habían ofrecido, asegurando que vivirían hasta morir con el Padre. Llevaron a veinte y cuatro de mayo, con otro religioso, el Pa- dre Fray Arcángel de Albaida, como cien almas, cristianas las más, dejando otras tantas con el temor de lo que sucedió. Llevaron mata- lotaje, herramientas y ornamentos para fundar la iglesia, esperando se abrirían ya las puertas del gentilismo y convertir todos esos llanos sin estrépito, como dice el vulgo, de armas y de soldados. Cuando

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