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MISION DE LOS CAPUCHINOS EN LOS LLANOS DE CARACAS 455 senté con el Ilustrísimo Señor Doctor Don Diego de Baños y Soto- mayor, del Consejo de Su Majestad y obispo de esta diócesis, a quien, si tuvieren que pedir o representar, lo harán estas partes en su tri- bunal. Y el presente escribano saque testimonio de este auto, con la petición y recados presentados, que, en pública forma y manera que haga fe, entregue a Su Señoría para los efectos que convengan y vuél- vanse los originales para lo que sea conveniente.— El Marqués de Casal.— Fue proveído este auto por el señor Don Diego Jiménez de Enciso, Marqués de Casal, caballero del Orden de Santiago, goberna- dor y capitán general de esta provincia de Venezuela, por Su Majes- tad, que lo firmó en esta ciudad de Santiago de León de Caracas, en doce días del mes de septiembre de mil seiscientos y noventa años.— Ante mí, José Antonio Gascón, escribano público. Exposición de los misioneros El Prelado de las misiones de Capuchinos de estas misiones de Caracas y los religiosos misionarios todos, humildes siervos de V.M., manifestamos con grandísimo sentimiento de nuestros corazones el estado que tiene esta pobre misión, pues ha llegado al término de no poderse ya reducir ninguno de los indios gentiles, y los que esta- ban ya cristianos y poblados, se han vuelto a su barbarismo. Por el espacio de treinta y tres años que ha fundamos estas misiones, no ha quedado diligencia, trabajo ni peligro para reducirles a poblado y trato racional. Los veinte y dos años primeros entramos por estos llanos, montes, ríos, caños y quebradas solos los misionarios, y los congre- gábamos a los bárbaros que hallamos divididos por familias como hatajos de ganado, desnudos, sin pueblos ni casas, en rancherías por- tátiles, pues no les duraban sus habitaciones más que lo que duraba el pasto que les daba el río, caño o laguna, sin reservar animal viviente inmundo, raíces y frutas silvestres, por ser los llanos, los inviernos, mares o mar donde se congregan las aguas de las cercanías de innu- merables y caudalosos ríos; por lo cual lespoblamos en sitios altos, con ríos para sus pescas, y montañas para sus labranzas, y no fue po- sible el que se asentasen ni parasen en dichos pueblos, que, como brutos salvajes sin sujeción, les tiraba la ociosidad y bárbaro estilo, hallándonos forzados a buscarles por los hatos muchas veces, para aquerenciarlos a la habitación y comercio humano, y darles herra-

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