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444 PUENTES PARA LA HISTORIA COLONIAL DE VENEZUELA cesidad y nos recobramos algún tanto; y así le suplico a V.R. se sirva de darle las gracias de nuestra parte al señor don Lorenzo que, si bien es verdad está ignorando el beneficio que hemos recibido, juzgamos ten- drá por bien hecho cualquier agasajo que se nos haya hecho en su casa. Y, por último y fin remate de mi tragedia, digo que, si bien es verdad, como sabe V.R. muy bien, que siempre fue de sentir que los misionarios entrasen apostólicamente, aunque no de que cesasen las en- tradas, pues lo uno con lo otro me parecía era el medio más eficaz para que se emplearan las misiones y soy del mismo sentir, digo ahora que lo primero sin lo segundo y sin el resguardo de los blancos, el intentar el misionario entrar apostólicamente a reducirlos y asegurar el fruto de aquellas almas, supiese que estaba el camino más frecuentado de salteadores, pudiendo llevar gente de escolta para su resguardo, lo de- jase de hacer, y, siguiendo su dictamen, se expusiere a perderlo todo. Y así, viendo cerradas las puertas por todas partes, no sólo en orden a la ampliación de las misiones, sino también en orden a la conservación de los que tanto años han estado debajo de nuestra doctrina y enseñan- za, determinamos el Padre Fray Buenaventura de Vistabella y yo de retirarnos a la quietud de nuestras celdas, y de este sentir me parece están los más de los Padres de la misión. Lo que suplico a V.R. es que haga favor, si hubiera ocasión, de un breviario: que yo quedo obligado ala celebración de las misas que fuere, y al señor Don José de Brizuela, que tenga ésta por propia y que me encomiende a Dios: que no le escribo aparte por haber llegado tan rendido y fatigado, y a V.R. me le guarde nuestro Señor muy dila- tados años en su divino amor y gracia. De Nuestro Padre San Francis- co de Tirgua, a seis de agosto de mil seiscientos y noventa. De V.R. hermano y amigo, que su mano besa, Fray Arcángel de Albaida.

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