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MISION DE LOS CAPUCHINOS EN LOS LLANOS DE CARACAS 443 mar toda la tierra y los cabos y bajíos como caudalosos ríos. Aumentóse por esta causa la hambre y se agravó más la fatiga con los continuos aguaceros, de calidad que, en doce o catorce días que desde este día tardamos a llegar a Paraima, no pudimos enjugar los hábitos ni hallar tierra donde podernos ranchear, sino todo agua, y el día que alcanzá- bamos un pedazo de caimán mal asado y frío, remojado al aguacero y sin sal, eran grande regalo, y aun la esperanza de este alivio nos faltó, por haber llevado un caimán un arpón solo que traíamos con que pes- car y haber quedado dos desdichados anzuelos que en la ocasión no servían por faltar la carnada y estar los ríos tan salidos de madre. Previno Dios a esta necesidad con un oso hormiguero que, pasando el río, se nos vino a la canoa y, aunque los indios no le querían matar, por no atrevérselo a comer, a nuestras instancias lo hicieron y nos sir- vió de alimento aquel día, y aun llegó a más la necesidad, pues, hallán- donos perdidos tres o cuatro días por los caños, sin poder encontrar con la madre del río, fué nuestro alimento la fruta del jobo y los gra- nos del cariaquito, hasta que, destituidos de todo socorro, nos deter- minamos que nos volvieran al Camaguán a morir, juzgando era esta la voluntad de Dios y justos juicios suyos para pagar nuestro arrojo con la muerte en seguir nuestro dictamen y parecer en entrar apostólica- mente a reducir fieras del campo, y no haber querido seguir el dicta- men de misionarios de vida tan aprobada y de tantos años de experiencia. Pero no quiso Dios que pereciéramos sino manifestarnos el enga- ño en que estábamos y que sujetáramos nuestro dictamen al dictamen de los que tantas experiencias tienen, pues importa tanto más que la ciencia la experiencia y conocimiento de los naturales. Dimos con la madre del río y salimos en dos días a Paraima, siendo nuestro mante- nimiento en este tiempo la fruta verde de la palma y el jobo, hal1án. donos al cabo de veinte días de trabajo, que duró la navegación, en mayor peligro de la vida, por hallarse apurados los bárbaros con la penalidad de los aguaceros, falta de comida y sobra de hambre, hasta que nos determinamos de caminar por tierra lo que nos quedaba de andar. Lo uno para evitar el riesgo, lo otro para alimentarnos y pacer como bestias las hierbas del campo. De esta suerte llegamos al hato del señor don Lorenzo de Villegas, donde nos recibieron con mucha caridad y, compadecidos de nuestros trabajos, remediaron nuestra ne-
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