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442 FUENTES PARA LA HISTORIA COLONIAL DE VENEZUELA tra compañía, aunque el cuarto no puedo afirmar fuera indio o si era su camarada el demonio que les alentaba para conseguir su pretensión. Miré por dos o tres veces con cuidado para certificarme y asegurarme en ello, y reconocí que eran cuatro. Desperté al Padre Fray Buenaven- tura para que no lo cogieran durmiendo y le hablé al capitán y le dije: "Qué es esto, Nicolás: qué indio es aquel que está hablando con Es- teban: de dónde ha salido? Si son compañeros que tenéis escondidos para matarnos, no es necesario valerse de otros, lo que vosotros por vuestra mano podéis ejecutar". Estando en éstas y otras razones, se desapareció el indio entrándose por la montaña. Tratamos de reconci- liarnos para que nos hallasen más bien dispuestos a la muerte. Pasamos aquella noche en continua vigilancia, juzgando no sería necesario el dormir para pasar el tiempo que nos quedaba de vida. Sacáronnos el día siguiente por unos caños, sin comer, esperando cada instante nos saldrían al encuentro los auxiliadores para matarnos. Llegamos a un sitio que, sobre no tener comida ni tierra donde recos- tarnos, tenía por ser todo pantano. Confiésole, Padre mío, que llegué tan rendido y fatigado, que hubiera tenido grande alivio al morir, pues con la muerte se acaban de una vez los trabajos y viviendo padecí mil veces los sustos y sobresaltos de la muerte, y así resolví de olvidar todos los cuidados y dormir, y, en medio de estar todo mojado y ser tan incómoda la cama, le aseguro que no me parece haber dormido en cama más blanda ni colchones más mullidos en mi vida. Parecióle al Padre Fray Buenaventura que, por entre la espesura de la montaña, entraban algunas canoas de gente y se les puso a predicar, proponiéndo- les la gravedad de la culpa que querían cometer, el castigo de Dios que les esperaba y, a la inquietud y sobresalto y temores con que ha- bían de vivir, la persecución que habían de tener de los blancos, y que, de no matarnos, se librarían de todo esto. Duró cosa de tres cuartos de hora el sermón y vio que, apartándose el capitán y entrándose por la montaña, después de breve rato que volvió, se desaparecieron las canoas. (Aunque esto de que hubiesen entrado las canoas no lo puede el Padre asegurar, pues, siendo la noche oscura y estando entre lo espeso de la montaña, no era fácil el distinguir lo que era). Al otro día por la mañana se determinaron de acomodar la canoa lo mejor que se pudo con barro; fuimos buscando por donde entrar en el río del Pao, que no nos costó poco trabajo de hallar, por ser un
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