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MISION DE LOS CAPUCHINOS EN LOS LLANOS DE CARACAS 441 ra y quiso Dios que no descargase el golpe. Viendo estas demostracio- nes, nos determinamos otra vez de Salir a tierra e irnos por la sabana, y, para que no nos siguieran, les dimos un machete para obligarles que nos dejaran. Apenas estuvimos fuera, les vi que nos vigilaban por donde íbamos. Díjele al Padre: "No Será FOCO si nos libramos de sus manos y si esta noche no nos dan en la cabeza". Fuimos entrando y a poco tiempo nos hallamos que el agua nos llegaban a los pechos, el gamelote sobrepujaba de nuestras cabezas, lastimadas las piernas con zarzas y a gatas caminamos con este trabajo cosa de media legua. Llega- mos sobre la noche a una mata a descansar; pasámosla toda sin dormir, en continuo aguacero, sin poder encender candela con que poder tener alivio y, para mejor merecimiento, nos envió Dios tal plaga de zancu- dos, que en mi vida vi cosa semejante. Salimos el día siguiente y fuimos entrando en otra laguna de más profundidad de agua; caminamos por los desparramaderos de Tiznados, aumentándose el trabajo, desfalle- ciendo de hambre por faltarnos alimento. Llegamos como cosa de las dos de la tarde a un sitio algo alto, donde el agua nos llegaba a media pierna, pero tan rendidos que no había fuerzas para pasar adelante ni volver atrás por aumentarse más a cada paso el agua, cuando dispuso Dios volviesen los indios con la canoilla al sitio donde estábamos desti- tuidos de humano socorro y ciertos de perecer sin remedio. No sé si fue el fin de volver los bárbaros movidos de piedad para que no pereciéramos, o a fin de acabar con nosotros por tenernos más rendidos, porque esto sólo Dios lo sabe: que yo sólo sé que, dando gracias a Dios por su infinita bondad y misericordia, que no deja pere- cer a los suyos y que en la mayor necesidad es padre que les socorre, dispuso su divina providencia que los mismos que nos querían matar, nos diesen la vida cuando esperábamos sería sin remedio con brevedad nuestra muerte. Sacáronnos de peligro, remediaron la necesidad con comida, encen- dieron candela, enjugamos los hábitos y, rendido de sueño, se quedó el Padre Buenaventura dormido; recostéme a descansar sobre un palo, pero con el cuidado no pude dormir; viles muy solícitos tratar con voz baja, que yo no lo entendiera, que, según las demostraciones, daban bien a entender su mal intento y la poca perseverancia que en todo tienen. Apartáronse algún tanto los dos y, acechando lo que hacían, re- conocí que eran cuatro los indios, siendo tres los que venían en nues-

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