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MISION DE LOS CAPUCHINOS EN LOS LLANOS DE CARACAS 439 dido, volviéndonos al Camaguán. Llegamos a cosa de las ocho de la noche, esperando amanecer en la otra vida. No quiso Dios que los bárbaros ejecutasen tan sacrílega maldad. Detuviéronse algún tanto con la novedad de mi llegada; duró esto tan poco que el día siguiente, por la tarde, se embravecieron como fieras e intentaron de matarnos. Procuramos de aquietarlos, repartién- doles cuchillos, taises, tabaco, asegurándoles que con nuestra asisten- cia vivirían quietos y seguros de que les molestasen los blancos, y nada de esto bastó para sosegar aquellos ánimos más que de fieras, sin tener más fundamento para tan depravada resolución que el de haber enviado la mujer de Julián, que tantos años ha se la tenían hurtada, y habiéndo- les antes hablado para ello y venido todos bien en que se restituyese a su propio marido, fue tanto el sentimiento del bárbaro y de los hijos que dejó y singularmente los lloros de un niño de pecho, que parece se juntaba el infierno todo a atormentar aquella criatura, según el sentimiento que hacía, de calidad que se conmovían las mujeres todas contra nosotros y públicamente de día y de noche, a voz en grito, pedían e instaban a sus maridos que nos matasen, motejándoles de cobardes y medrosos porque no lo ejecutaban. Tanto pudieron estas infernales persuasiones, que en el tiempo de un mes y ocho días que estuvieron en la población, fue raro el día que no lo intentaron, ya con lanzas como hachas, ya con sogas para arrastrarnos, y lo hubieran conseguido, si lo supieran callar y antes de emprenderlo no lo publicaran para hallarnos prevenidos, y principal- mente Dios que les infundía tal miedo y temor que, apenas llegaban a nuestra presencia, se les mudaba el color del rostro y con los temblores y turbación de ánimo manifestaban su depravado intento, con que podíamos detenerlos, ya con exhortaciones, ya amenazándolos que, si lo ejecutaban, habían de entrar los blancos a tomar venganza y que los ahorcarían a todos. Esto duró, como tengo dicho, un mes y ocho días, hasta que, viendo que se iba empeorando más y más la materia, nos determina- mos a ver si podíamos salirnos y sacar los ornamentos y demás trastes ofreciéndoles hachas y taises, pero no fue posible conseguirlo, y así nos determinamos salirnos por tierra, y, viendo que era imposible, obli- gamos al capitán y otros dos indios a que nos sacasen en una canoa cuya popa y proa estaban reparadas con barro y hecha toda ella una

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