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346 FUENTES PARA LA HISTORIA COLONIAL DE VENEZUELA ción el buscar ministros que me ayuden, representé al Consejo los traería a mi costa, como lo hice con buena voluntad, y en mi com- pañía y con las comodidades que un obispo puede tener en la mar; y en su aviar, regalo, matalotaje, sayal para vestir y demás cosas ne- cesarias, gasté más de tres mil pesos, que busqué prestados en Sevilla, pagando gruesos intereses. Cuando entendía que había hecho alguna cosa en servicio de Dios y de V.M., toco lo contrario y veo que el pedir ministros los que están acá, no es más que pedir remuda. Cinco son los que traigo y cinco son los que querían salir, para que aquí quedasen los que ni entienden la lengua ni conocen a los indios ni de ellos son entendidos, y solamente podían servir de capellanes para decir misa. Cuando salí de esa corte, entraba en ella Fray Ambrosio de Men- dabia con su compañero, que de aquí habían salido en la ocasión de flota, y, aunque pudiera haber representado al Consejo le mandase volver, conocí en la inquietud de su natural que no es de los que ha menester V.M. en estas partes. Ahora están en esta ciudad, con pretensión de irse y licencia de su Prefecto, Fray Antonio de Ante- quera con un compañero, Fray Eusebio de Sevilla, que saben perfec- tamente el idioma de estos naturales, y, en lugar de ellos, quedan los que traje, que no lo saben. En manera que, para cinco que he traido son cinco los que se van, y de este puerto no sale embarcación en que no vaya alguno. Gasta V.M. su real hacienda en traerlos; está a su voluntad o de su Prefecto el volverse: no es posible que haya fruto. El obispo en sus misiones no puede introducir otros ministros y sólo le queda la parte del dolor, no pudiendo remediar inconvenientes tan grave. He dádoles para sus iglesias ornamentos, frontales, albas, cera y cuanto me han pedido, así el Prefecto como los particulares; los he proveído de Rosarios, medallas y cuanto puede conducir a poner en estado la conversión de estos miserables, pero no basta: desconsué- lanse si, al primer día que llegan a las misiones, todos no se convier- ten. Y no los puedo mantener en ellas con la notoria verdad de que la conversión y el conocimiento de la fe viene de Dios; son doce las horas del día y, si en unas no se ve buen efecto, se puede ver en las demás. He pedido al general don Francisco Dávila Orejón Gastón, gobernador de esta provincia, impida el pasaje a estos misioneros si no tienen licencia del Real y Supremo Consejo de las Indias, como dispone V.M. ; halo hecho con gran celo y lo muestra en cuanto le

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