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MISION DE LOS CAPUCHINOS EN LOS LLANOS DE CARACAS 279 religioso, para enseñarles y asistirles y defenderlos de los blancos, con otras muchas cosas que me pasaron con ellos. Jamás les cuadró cosa de cuantas les propuse de sus mayores conveniencias, y pregun- tándoles que a qué parte de aquellos llanos estarían los demás indios de su nación retirados, sólo dijeron que no había más porque los blancos o capitanes de Caracas y de otras ciudades de esta goberna- ción se los habían llevado; todo lo cual representó el principal de dichos indios con notable sentimiento, cruzando las manos en señal de que los llevaron atados. Muchas veces intenté el saber de los más indios de aquella parcialidad para que de mi parte les fuesen a avisar cómo les estaba aguardando, asegurándoles de parte de Su Majestad, que Dios guarde, y de vuestra señoría, el que no serían jamás mo- lestados de los blancos de esta provincia. No fue posible el querer hacerlo, siempre afirmando que los blancos los llevaron. Con que, visto por mí la cortedad de aquella población, me pareció no conve- nir el intentar quedase en aquella parte religioso alguno, supuesto que no había más indios y menos esperanzas de que aquello se sus- tentase, hasta que Su Majestad, que Dios guarde, disponga otra cosa, nombrando poblador que de los llanos los saque, como se hizo seis años antes, pues, en menos de dos meses, se agregaron más de nove- cientas almas de estos indios en el puesto dicho de San Francisco Solano por el capitán Andrés Román que los tenía allí poblado y hecha su iglesia; pero como las cosas del servicio de Dios siempre de ordi- nario tienen contradiciones humanas, el dicho capitán Andrés Román se halló obligado a pasar a Coro en busca del gobernador que a la sazón era de esta provincia, y desde allí a Santo Domingo, con que el pueblo que estaba tan formado, en menos de dos años quedó en el estado que hoy se ve, por haber faltado aquel capitán a quien los indios amaban y tenían conocido. No se puede explicar el sentimiento que he tenido en haber visto aquel sitio tan despoblado y el desper- dicio de tantas almas como allí se habían juntado y el poco celo o ninguno de los gobernadores pasados, que así motivasen el deshacerle, cosa que tuvo tan lucidos principios. Y, dejando esta materia que se debía llorar con lágrimas de san- gre, quiero referir a V. S. lo bueno que hemos hallado en esta po- blación de indios que el capitán Juan de Salas tiene poblado, a donde hallamos como quinientas almas agregadas a una iglesia famosa y bien adornada de ornamentos y campana, cuyo doctrinero, por falta de sacerdote, era un soldado que tarde y mañana los juntaba para ser

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