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50 LOS FRANCISCANOS CAPUCHINOS EN VENEZUELA que ellos pudiesen dictar las grandes ideas que enseñaron de la divi- nidad: admiramos y lloramos las lecciones que daban a sus discípu- los, y los sacrílegos respetos que tributaban a los ídolos de los Césares. Pero en Bolívar yo admiro, yo aplaudo una sabiduría verdadera, só- lida, real, que reconoció las miras, los movimientos, las acciones según la importancia de los empleos, según la diferencia de los tiempos, se- gún la multitud de sus obligaciones. Una sabiduría acompañada del heroísmo: un heroísmo valeroso, prudente, feliz: una sabiduría en fin virtuosa ¿Qué más? No puedo menos, Señores, que presentároslo hoy como un político sabio, que será el objeto de la primera parte; y como un republicano católico, virtuoso, que será el asunto de la segunda: Ecce Simoil frater vester, &a. Protesto, Señores, que todo lo sujeto al juicio infalible de la santa iglesia Romana, y que nada diré que no esté consignado en documen- tos auténticos, que merecen todo el asenso de una fé puramente hu- mana. Aun más. Puede ser que algunos admiren que, siendo yo es- pañol, emprenda elogiar el mérito de un hombre cuyas glorias se ad- quirieron luchando contra España. Yo en este caso, ni soy español, ni americano: no soy colombiano ni venezolano; sólo soy un ininis- tro de aquella religión que es inalterable y común a todas las formas de la política: de aquella religión que edificó el mundo convirtiendo las naciones sin alterar los gobiernos. Soy un discípulo de aquel Dios hombre que se sujetó a un magistrado del imperio romano, de un imperio gentil, declarándole que su poder le venía del cielo. Soy un ministro evangélico que sin engolfarme en el laberinto de las opinio- nes políticas, sin declinar ni a derecha, ni a izquierda, seguiré el ca- mino recto de la verdad; elogiando con imparcialidad el mérito vir- tuoso (le un hombre extraordinario cual era Bolívar. Esto supuesto, entremos en materia. Primera parte. Todos sabemos, Señores, con qué intenciones abre la iglesia su santuario y la cátedra evangélica a los últimos honores de los hom- bres ilustres que merecieron el reconocimiento de la patria. Ella no os convida a este aparato de tétrica magnificencia y de pompa lúgu- bre; ella no permite que las bóvedas de su templo resuenen con la relación de sus hazañas, sino para manifestarnos de una manera más sensible el abismo a donde van a perecer todas las prosperidades, que no más hacen feliz al hombre, sino durante el tiempo (le su vida fugi- tiva que pasa como la sombra (1). Pero, ¡Bolívar! ¿Podrá tu nombre disiparse como el humo, borrarse del corazón de los ilustrados, sepul- tarse con tus cenizas dentro de la fría tumba? ¿Podrá tu talento, tu grandeza, tu virtud ser tan pasajeras corno este túmulo, obras de mu- (1) In vita sua numero dierum peregrinationis su, et tempore quod velut umbra pmuterit. Eccies. cap. 7. Y. 1

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