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FR. JOSE DE CARABANTES.—CAPITULO X 177 '. r ar, n, ro en al és en- le- an- 1). pie u- , y de al ni o a or- e- os rse si- ie- ás ra- i, en es- tan lla an- aga ara- bantes con cuatro Misioneros más, para predicar Misiones en toda la Diócesis. A pesar de que nuestro Misionero estaba agotado de los viajes y tantos trabajos como había pasado en- trelos indios Caribes, no se' atrevieron ni él ni el Rvmo. P. Co- misario a excusarse, y nombraron los cuatro compañeros, en- tre ellos al P. Alonso de Carabantes, hermano carnal del ve- nerable Misionero, que se preparaba para embarcarse con él en dirección a Cumaná. Llegados a Málaga, comenzó la Mi- sión en la Santa Iglesia Catedral, que era la más capaz para las grandes concurrencias. Empezaron los sermones, e hicie-. ron tal impresión en el corazón de aquel cristiano auditorio, que los más empedernidos parQcían blanda cera, que, al fue- go de la fervorosa predicación del venerable Padre, se derre- tían en lágrimas de arrepentimiento, obrando la divina gracia admirables conversiones; quedando tan satisfecho el fervo roso Prelado del trabajo de los Capuchinos, que quiso fueran a predicar a todos los pueblos de su Diócesis costeando él mis- mo todos los gastos de las Misiones, logrando así extirpar los vicios y renovar en todas partes el espíritu cristiano. Acabada la Misión de Málaga, pasaron a la villa de Casa- res, donde fué tal la eficacia (le los sermones del venerable Padre, que la más rebelde obstinación se ablandaba y rendía a sus acentos, convirtiéndose los pecadores más empederni- (los en el vicio y la disipación. Después los mandó el señor Obispo a la ciudad de Marvella, con orden de combatir en su m'edicación los vicios principales que reinaban en la ciudad. Con .el aviso que llevaba el siervo de Dios del señor Obispo, publicó su Misión, a la que acudió innumerable concurso, mo- vido de su curiosidad; pero al oír el sermón, con la conclu- sión de un fervoroso acto de contrición y dolor (le haber ofen- dido a Dios, que duró más (le medio cuarto de hora, todos quedaron movidos (le arrepentimiento, llorando inconsolables sus culpas y regando COfl penitentes lágrimas el pavimento del templo. Lo mismo sucedía en todos los pueblos en que predicaba el fervoroso Misionero; era indescriptible la con- moción de las gentes; pero en el pueblo de Estepona coopera- ron tan eficazmente los corazones a las fatigas de su celoso espíritu, que en la mayor parte de los sermones era tan cia- - '1'. ¡IX.—P, 12

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