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174 LOS FRANCISCANOS CAPUCHINOS EN de vivía el siervo de Dios; encontró en ellas un capitán, mado Mazpato, el cual le recibió con agasajo; y despué haberle regalado, le quiso el Misionero pagar en buen neda el hospedaje, por'lo que le preguntó si en su país re rían la predicación y fe de Cristo, que ignoraban. Aun extrañó al capitán la pregunta, no le desagradó la prop ción, como se infiere de su respuesta. "Padre, le dijo, y soy el señor de estas gentes; pero por darte gusto, pues lo reces, lo propondré a mi Príncipe, y de lo que sucedier avisaré sin falta". Algunos indios convertidos, temiend le fuera a suceder alguna adversidad, le acompañaron, no que el siervo de Dios recelase el menor riesgo, ni se lo pidi sino porque ellos quisieron. Partióse veloz a desahogar cendio de celo que ardía en su corazón, comunicándolo a que le esperaban. Salieron a recibirle el Príncipe y sus sallos, con los honores que ellos acostumbran a hacer a o Príncipes cuando los iban a visitar. Oyóle el cacique con a do su proposición y sus deseos, y condescendió con su súp dándole licencia para predicar en sus tierras. Estrenóse mismo, predicándoles a todos en su lengua los misterio nuestra Sagrada Religión, los premios y castigos que Dios ne reservados a los hombres todos, según sus obras. At y gustosos le escuchaban todos, estando pendientes de su labra y admirados de su modo y dulzura de su doctrina lo que logró ganarlos a todos (1). 4. Proseguía el Vble. Padre su Misión entre los Cari no perdonando trabajo ni adversidad por atraerlos y redu los, y le veneraban de tal modo, que cualquiera insinuaci orden del Padre la cumplían inmediatamente. Les prop (1) Estaba en cierta ocasión el venerabibe Misionero cate zando a un indio, y de repente oyó un gran ruido, como de una t pestad; preguntó qué era aquello, y los indios le contestaron llora "Es un ejercito formidable de langostas, que vienen q talar nues campos y sementeras". Era, en efecto, una multitud que parecía nube, que oscurecía la luz del sol. Quiso la Providencia divina aquello noche se asentasen en un monte vecino, y a la maiana sig te, muy (le madrugada, el Padre, con asistencia de todos los in (lijo una misa de rogativa a Nuestra Señora, a fin (le que por su i cesión los librase Dios de aquello plaga. Y, ¡caso prodigioso!, al minar la Santa Misa vieron con gran regocijo que la langosta lev su vuelo con gran estrépito y cambió (te dirección.
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