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LAl FR, JOSE DE CARABANTES.—CAPITULO x 171 libre sus precisas ocupaciones. De Huesca fué a estudiar Fi- losofía y Teología al convento de Calatayud, y en ambas ma- terias salió aventajadisimo, pues en los años que allí moré no perdoné trabajo ni medio alguno para enriquecer su alma con el tesoro de las ciencias y virtudes, las que le condujeron, como por sus pasos contados, al sacerdocio. Ordenado de Sacerdote, sintióse luego intensamente llamado al ejercicio de las Misiones; tenía verdadera ansia de convertir los in- fieles al cristianismo y los malos cristianos a mejorar de vida. Llamábale Dios a este santo ejercicio, y él, en su pro- funda humildad, creía no tener ciencia ni virtud para tan alto ministerio; otras veces dudaba de si Dios le llamaba a con- vertir pecadores en la cristiandad o a conquistar almas entre infieles; y dudoso de si eran verdaderas o engañosas aquellas ansias que en su corazón sentía, consultó a sus más aventaja - dos condiscípulos, y éstos le contestaron que desechase dudas y tomase la resolución firme de emplearse en el alto y prove, cliosoi ejercicio de las Misiones, ofreciéndose a seguir sus hue- llas, venciendo todas las dificultades y contradicciones que en negocio tan arduo se habían (le ofrecer. Algo aseguró esta respuesta y el propósito de sus condis- cípulos 'a Fr. José; pero, no obstante, aún navegaba el bajel de su ánimo entre las ondas inquietas de ambigüedades y re- celos; y así, para salir con más segura brevedad al puerto feliz de la última determinación, consultó por escrito a la Ve- nerable Madre Sor María de Jesús de Agreda, oráculo de su iglo, cuya vida, prodigios, santidad y doctrina son todavía asunto grande de la admiración del orbe. Recibió aquella santa religiosa el manuscrito, y leída la carta del Siervo de Dios, le remitió en respuesta lo que sigue: "Jesús, María. Mi Padre Fray José de Carahantes: Sea el Altísimo en su alma de V. Paternidad y comuníquele sus (Iones con liberal mano. He visto por la carta de Y. Paternidad los buenos deseos que tiene de la salvación de las almas, de que me he consolado mucho; y le su- plico los ejercite, ayudándolas con todas sus fuerzas, Pues son precio de la sangre de Cristo Nuestro Señor, redimidas con su pasión y muer- te; y el ejercicio más grato a los ojos divinos, es procurar la justifica- ción de las almas. Y sabido que éste es el mejor empleo, resta lo que

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