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170 LOS FRANCISCANOS CAPUCHINOS EN VENEZ los dos ilustres por su piedad y su nobleza. Siendo muy ni tuvo la desgracia de perder a su padre, y desde entonces to a su cargo la madre educar a su José y criarle en el amor sa to de Dios, de lo cual depende muchas veces la salvación perdición eterna de los hijos. Lucióle a ella el trabajo, pu en el corazón del niño se imprimían, como en blanda cera, l consejos y doctrinas de su madre, la que, para conseguir c toda perfección su intento, lo puso bajo la disciplina de maestro en la villa de Deza, a fin de que lo enseñara a lee escribir y contar; y terminada la instrucción primaria lo ma dó a Soria a estudiar gramática latina y Humanidades. Al brilló tanto por su aplicación, piedad y frecuencia de Sacr mentos, que sus condiscípulos le llamaban comúnmente el se lico. De Soria pasó a Zaragoza, en donde redobló su aplicaci al estudio y ejercicios de piedad, haciendo fervorosas visit a la Virgen Santísima en su milagrosísirna imagen del Pila ante la cual es fama que hizo voto de castidad y se consag de nuevo a su servicio. Habiendo enfermado gravemente madre, corrió a su lado para asistirla, recoger su último su piro y recibir la postrera bendición. Muerta su madre, volvi a Soria con el fin de proseguir su carrera, hasta que, inspir do del cielo, determinó consagrarse a Dios en el estado rel gioso; y para que esta elección fuese en perfecta conformida con la voluntad (le Dios, se preparó con ayunos rigurosos otros piadosos ejercicios, de los que sacó resolución firmís ma de entrar en la Orden Capuchina. Al efecto, se trasl dó de Soria a Zaragoza, con el fin de pedir el santo hábito c puchino al M. R. P. Fr. José de Graos, Provincial entonces d la provincia de Aragón, el cual, después de examinar su voc ción y viendo que era de Dios, lo mandó a Tarazona (1). 2. No tenemos noticia de los primeros años de la vid religiosa de tan esclarecido varón; sólo sabemos que, termina do el año del noviciado, lo enviaron al convento (le Borja, de allí pasó al de Huesca, donde fué muy favorecido de Dio en la oración, a la que dedicaba todo el tiempo que le dejaba (1) Era entonces Guardián del convento el P. Miguel de Albalat que pasó a las Misiones de Cumaná en 1680, llegando a fundar la p blación de El Salvador, donde fué martirizado. (Véase nuestro tomo I pág. 79 y sigs).

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