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AüIORRETRATO DE CRISTO 123 Reflexiones No hay duda que estas palabras de Jesús nos descu– bren todo el celestial incendio que abrigaba en su sagrado Corazón. Este Corazón era una hoguera de divina caridad. En él ardía el amor a Dios y a los hombres, sus herma– nos, con llamaradas viyíficas. Y este ardoroso fuego de amor deseaba extenderlo por toda la tierra para inflamar en Él a todas las almas. Este fuego de amor. fue comunicado a sus discípulos el día de Pentecostés cuando el Espíritu Santo descendió sobre ellos para llenarlos de sus carismas. El Espíritu Santo es amor. Es el fuego celeste que se prendió en la naciente Iglesia para ,;ivificarla y fortalecerla. ¡ Cuánto necesitamos ahora este divino fuego que Je– sús trajo a la tierra! Sobre el mundo actual van corrien– do como avasalladoras olas el egoísmo, la sensualidad, la ambición, la avaricia y otros vicios por demás repugnan– tes que secan, corrompen y ahogan los corazones. Sólo el fuego de Jesús, la divina caridad, puede purificar, reno– rnr y vivificar las almas muertas de asfixia por el polvo del materialismo moderno. Jesús desea prender este divino fuego en las almas ; pero el mundo se escapa de su calor, porque le repugna la doctrina del Evangelio. Para que el fuego de la caridad de Jesús prenda en las almas hay que tener a raya el or– gullo, la sensualidad, el amor desordenado a las cosas terrenas. Es decir, es menester apagar el fuego de los vicios en que tantas almas locas se abrasan y mueren. Esto quiere decir que el amor exige lucha. No faltan intérpretes que este divino fuego que Jesús deseaba pren– der en el mundo lo aplican a la lucha que Él ha venido a traer a la tierra. Lucha contra el mundo y las desorde– nadas pasiones ; lucha que es la aceptación de todos los sacrificios que la vida nos presenta, los cuales hay que aceptar por amor de Dios y por el Evangelio. Jesús sentía un profundo anhelo porque comenzara esta lucha. Esta lucha había de iniciarla Él mismo, que iba a ser sacrificado como inocente cordero en el ara de

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