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122 CÁNDIDO DE VIÑAYO, O, F. M., CAP. JESUS, DIVINA HOGUERA Texto evangélico Fuego he venido a poner en al mundo, y ¡cuánto de– seo que esté ya encendido! (Le. 12, 49). Ambientación del texto Se puede afirmar que viviendo Jesús entre los hombres tuvo que soportar sus flaquezas, y esto debió de ser para Él un constante tormento. Los veía absortos en los nego– cios de la tierra, afanados en ganar el sustento cotidiano sin saber levantar sus miradas y aspiraciones del polvo del suelo. Por eso exhortaba a sus discípulos a dar de mano a esa excesiva preocupación por las cosas terrenas, a fin de buscar, por encima de todo, el reino de Dios. También deseaba que vivieran familiarizados con el pensamiento del más allá y tener muy presente que el Señor puede venir a nuestro encuentro cuando estemos más despre– venidos. Sobre todo, lo que contrariaba y contristaba el corazón de Jesús, era ver los egoísmos de que son víctima los mí– seros humanos. La divina caridad era planta que aún no había arraigado en la tierra. Los hombres no conocían el verdadero amor. El amor a Dios y al prójimo se helaba en los corazones. Y así Jesús, que era todo amor, quiso dar sublimes lecciones para que supiésemos todos en qué consiste y cómo debe practicarse esa caridad que es la reina de las virtudes, en la cual radica la esencia de la perfección. No es extraño que un día, sintiendo arder su corazón como un inmenso volcán de amor, prorrumpiese en esta significativa frase: Fuego he venido a poner en el mundo, y ¡ cuánto deseo que esté ya encendido!
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