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734 LA DiViNA PASTORA Y EL BTO. i:>iEGÓ j. DE é. ampliada casi a tamaño natural, expuesta en su magnífico marco, para que la vieran todos los que le visitaban y la reverenciasen. No sabemos a pun– to fijo sifué un regalo que le hicieron en Madrid cuando predicó su nove– na o sifué él quien la mandó pintar, enamorado de la belleza espiritt:al y técnica de este cuadro. Después de su muerte posó a propiedad particular; la conocimos cuando la poseía en 1934 el padre Berriozabal , canónigo de Cádiz, y actualmente se halla en la sacristía de la parroquia del Sagrario de dicha ciudad. Junto a esa Divina Pastora le sorprendieron los capuchinos exclaus– trados venidos de América para restaurar la Orden en España y con ellos sostuvo una tierna y férvida conversación evocándoles la g-Joria que signifi– ca para los capuchinos el haber sido por la Virgen escogidos para que fue– sen los propagadores de su místico pastorado y la obligación que pesa so– bre ellos de difundir por el mundo sus cultos e imágenes hasta conseguir que sea conocida y amada por' todos los hombres, como lo hicieron el pa– dre Isidoro de Sevilla, fray Dieg0 y el malogrado padre José de Burgo8. Aquellos misioneros, que en Guatemala fueron los intrépidos abande– rados de la Divina P_astora, maestros en el ar.te de hacerla conocer y amar, salieron de la audiencia entusiasmados y se decían: El padre Félix es otro fray Diegq,,,un gran apóstol de nuestra celestial Pastora. Igualmente amaba a la Virgen en su advocación del Rosario. Ante su imagen aceptó el episcopado; para ella, en el 1867, alcanzó del Romano Pontífice .el título de Patrona canónica de Cádiz, y en su pecho colgó el ri– quísimo pectoral que le había regalado Alfonso XII en el mismo pontifical de la primera fiesta del patronato, y a ella acudía con frecuencia para pe– dirle su bendición y ayuda en los difíciles tiempos de su pontificado. La Virgen, en cambio, le recompensaba las finezas de su amor ayu– dándole y defendiéri~ole en lqs momentos de peligro , como consta del caso siguiente. · , .En la revolución del 68, precisamente el día después de la Patrona de Cádiz, irrumpieron-·las turbas en el convento de Santo Domingo, donde se venera, destrozando cuanto hallaban en su loca carrera. Al día si– guiente quiso visitar a la Virgen del Rosario, para desagraviarla del ultra– je, y advirtió que desde palacio le acompañaba un niño descalzo, siguién– dole hasta la puerta del templo, donde se detuvo. Por la calle se oían pa– labrotas e insultos propios de la revolución y sus secuaces. Después de orar el obispo ante la milagrosa imagen, salió fuera , hallando al niño que lo esperaba y le siguió hasta palacio. Encantado de su compostura, inten– tó darle una limosna para que se calzase, pero había ya desaparecido sin saberse cómo ni dónde hallarlo. El santo capuchino comentando el caso, decía: Que el misterioso acompañante fué su ángel de la guarda, hecho visible para protegerlo en aquel aciago día (1). Nos alargaríamos mucho, si quisiéramos reseñar otros hechos glo– riosos de su pontificado; a él se debe la reparación de muchos templos de la capital y de los pueblos de la diócesis y la erección del magnífico tem– plete,; de la catedral; a él, la organización de la peregrinación de más de cien gaditanos para asistir en Roma a las fiestas centenarias del martirio l. lb., p. 208.

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