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LÁ 01v1NA PAsfoRA v BL i3to. biBdó J. be c. Síntesis de su caridad y valor heroico en defensa de su rebaño son los casos siguientes , que revelan la grandeza de su alma . Triunfantes los cantonales y la revolución, en 1868, un grupo de mal– hechores perseguía a sangre y fuego a cierto sacerdote de , ida incólume, pero torpemente calumniado. Temiendo por su vida, huyó de su casa y se refugió en el palacio episcopal. Allí fué la turba, reclamando la víctima con gritos y armas en mano. El padre Félix, orillando uno de los más críticos momentos de su vida , bajó al zaguán del palacio y allí permaneció toda la tarde y parte de la noche, diciendo a sus familiares: «Antes que yo entregue la oveja, que se ha refugiado en mi cabaña , pasarán esos esbirros por encima de mi cadá– ver • . Gracias a la intervención del general Topele, que se presentó a las doce de la noche con tropas disolviendo aquella turba seclienla de sangre, pudo el santo obispo retirarse tranquilo (1). Igualmente fué heroico en los luctuosos acontecimientos de las barri– cadas de aquel mismo año. Cádiz estaba dividido en dos bandos, el de los batallones de milicias, hecho fuerte en las barricadas , contra el otro de las tropas fuertemente apostados en el Puerto del mar. Durantre los tres días que se prolongó la lucha estuvo el palacio lleno de gente de todas _las cla– ses sociales , que eran asistidas por su prelado y comían de su mesa . La contienda fué muy dura y sangrienta, hasta el extremo que en la capilla del palacio entraban las balas como por su casa y aparecían las calles sembradas .de cadáveres. Hecho un armisticio, se presentó el padre Félix en el gobierno civil y en las barricadas, predicando el bien y la paz y, no disponiendo de me– dios, abrió una suscripción para s@correr a las muchas viudas y huérfanos de aquella triste jornada, en cuya distribución sufrió enormemente el cari – tativo obispo de parte de los milicianos (2). Mayor fué su aprieto cuando recibió al gobernador civil , que iba a cumplimentar el decreto de Ruiz Zorrilla, en 1869, sobre la incautación de las bibliotecas y objetos de arte pertenecientes a los obispos y a las ca– tedrales. El gobernador, acompañado de varios jefes de Fomento, comen– zó a leer el preámbulo del decreto , ensarta de injurias veladas contra los eclesiásticos ... El prelado con aire resuelto interrumpe la lectura y enérgi– camente exclama: - •Pare usted , señor gobernador , porque todo lo que dice ahí el mi– nistro es mentira •-. El gobernador se quedó hecho un ovillo y mucho más cuando el prelado siguió rebatiendo todo el alegato que había leído. Repuesto de su asombro, se atrevió a decir: -Pero, señor obispo, ¿no podré yo siquiera ver hoy la biblioteca que tiene el prelado?- -Hoy no , señor, le contestó el prelado . Usted viene a esta su casa el día que qui.era y, como particular, lo verá todo ; pero I,o que es hoy, de ninguna manera-. Con la entereza de un san Ambrosio y con la viril e irresistible ener– gía de su presencia defendió el tesoro de su palacio y de la catedral , que permaneció incólume (3) . l. lb ., p. 197. - 2, lb., p. 198. - 3. lb., pp. 199 y s.
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