BCCCAP00000000000000000000461
730 LA UIVINA PASTOllA Y BL BTO. DIEGO J. DE C. «[,,os pueblos se convertían y todos lloraban, cautivos por aquella su ~n– cantadora y dulce palabra» (1). Pero también tropezó con duros obstácul os. «Predicaba una misión en cierto pueblo , y como éste no diera señales de arrepentimiento por sus pecados ... , la penúltima noche se enardeció de tal manera en santo celo apostólico, que el mismo señor Rancés (su fami -• liar, después obispo de Cádiz), que estaba en la escalera del púlpito, con– fesó que casi temblaba al escuchar sus aterradoras conminaciones. Al si– guiente día cambió por completo la faz del auditorio, acudiendo entero al sacramento de la penitencia ... El ayuntamiento bajo mazas, acompañedo de los mayores contribuyentes , asistió a la comunión general°» (2). Tén– gase en cuenta que esto sucedía en pleno apogeo del liberalismo , cuar:do las autoridades de los pueblos vi vían divorciadas de la iglesia. La misma dureza encontró en otro pueblo de más de ocho mil habi– tantes. Al llegar el momento de recoger la míes de las confesiones s-:'J lo acudieron unas cuantas mujeres. El santo obispo , en vez de caer en el de– saliento y dejar a sus hijos en el pecado, valiéndose de su singular inge– nio, demoró su marcha durante cincuenta días, confiriendo por mañana y noche el sacramento de la confirmación y predicando antes y después de cada acto, en total doscientos sermones. El remedio fué eficacísimo, por– que no re.stó un adulto sin recibir los tres sacramentos , penitencia , confir– mación y Sagrada Eucaristía (3). Si con su celo apostólico y la gracia andaluza, de que estaba dotajo, conquistaba a los más enipedernidos pecadores , la generosidad de su al– ma, repartiendo limosnas a todos los necesitados , colmaba el fruto de sus visitas pastorales que, al fin de cuentas, eran siempre verdaderas mi– siones. Cual otro santo Tomás de Villanueva, nunca tenía nada, p.orqu~ lo repartía todo a los pobres. Habiendo cobrado más de setenta y cinco mil pesetas de los atrasos de su paga durante la República, antes de un nes ya no había un céntimo en el bolso episcopal: todo estaba en las manos de los menesterosos para enjugar sus lágrimas. Pero esta su caridad sin límites subía a veces al sacrificio y a la generosidad. Hallándose en Vejer preguntó un día a uno de los sacerdotes del pJe– blo: -¿Tú sabes al barranco de Almaraz? - Sí, le contestó el inteJTo– gado. -Pues vamos allí , que debo pagar una visita. -Señor, advirtió el curn, mire que es un camino muy escabroso y accidentado , dificilísimo de transitar. -¿Te atreves tú, añadió el padre Félix , a llegar a la casa del tul/Mito? - Sí, le contestó. - Pues a donde tú llegues, replicó el scJ1to obispo, llego yo también. Vamos allá.- Y por la escarpada trocha, orillando dificultades, trepaba el ánge: de la caridad hasta que llegó a la casa o cueva del tullidito. Éste y su medre quedaron atónitos ante la inesperada presencia del obispo. -¡Señor!, exclamaron los dos a una, ¿cómo habéis llegado hesta aquí? -¿No me visitaste tú?, contestó el obispo al muchacho . Pues yo ven– go a pagarte la visita.- Efectivamente el tullidito había ido en una pollinita a ver al prelcdo, y éste' quiso después recompensar este conmovedor acto con su visita y l. Ib. , pp. 191 y s. - 2. Ib. - 3. lb., pp. 210 y s.
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz