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P. FÉLIX MARÍA DB CÁDIZ 729 dejándole en el punto donde vivía. Así y todo se resistió cuanto pudo, hasta que un día le vieron entrar en el templo de la Patrona de Cádiz; oró largo rato ante la sagrada imagen y, en la misma fecha, firmó la acepta– ción del gobierno de la diócesis al frente de la cual lo ponía el Señor parn et icrítico período de los cantonales y de la primera República. El padre Félix encontróse en un grnn aprieto, porque. viviendo con la misma pobreza del claustro, no tenía apenas parn comer y mucho menos para comprarse los hábitos episcopales. Pero la reina lo tenía todo previs– tQ y ordenó que la consagración se verificase en la capilla de su real pa– lacio de Madrid, pagando por su cuenta los gastos. El día 6 de mayo de 1864 e·I nuncio de Su Santidad, acompañado del patriarca de las Indias y del arzobispo padre Claret, consagrnba al humildísimo capuchino. Actuó de padrino el príncipe de Asturias, después Alfonso XII, que regaló a su ahijado un riquísimo pectoral de oro y brHlantes, el cual apenas usó el nuevo obispo, porque lo depositó para siempre en el pecho de la Patrona de Cádiz, la Santísima Virgen del Rosario (1). La investidura del pontificado en nada cambió la huniildad y pobreza de la vida doméstica del obispo: siguió durmiendo en las tres tablas, ayu– naba todas las cuaresmas de su Orden, jamás deponía el sayal capuchino, oculto bajo la sotana episcopal, y no se permitió atesorar un céntimo, por- - que lo que ganaba era para el culto y los pobres. Se advirtió; sí, un cambio radical en su conducta y fué que, si antes de su aceptación huía del cargo, desde que conoció la voluntad divina se abrazó a él, entregándose de cuerpo y alma sin descanso ni desaliento a apacentar la grey, que Dios le había confiado; pero todo en su viejo plan de apóstol y misionero capuchino con el estandarte de la Divina Pastora. La visita pastoral por los pueblos, adoctrinándolos y dándoles misio– nes era casi continua, hasta el extremo de haber predicado treinta noches e,n uno de ellos, oyendo confesiones desde la madrugada hasta el mediodía, y volviendo por la tarde a seguir su misión, de que se retiraba a las once de la noche, para tomar la colación en la sacristía, retornando al confeso– n~rio como un misionero que no liene que hacer otra cosa (2). Debido a estas ausencias de Cádiz, que duraban la mitad del año, se quejaron algunos del proceder del santo .prelado, y hubo de contestarles: -'-Yo soy obispo, no sólo de Cádiz, sino de todos y cada uno de los pue– blos de la diócesis, que me han sido confiádos. Los feligreses, sin distinción de clases, sentían por su obispo tal cari– ño, que no se apartaban de su lado, llenaban los templos donde predicaba, abrazaban sus consejos y, en la despedida, le seguían hasta la nueva po– blación que visitaba. Para evitar estas manifestaciones emprendía su viaje a deshora, burlando la vigilancia de los que le custodiaban, como sucedió en Algeciras, de donde partió para Los Barrios, andando tres leguas a ]3ie. 1. El prestigio del padre Félix en toda España puede. cifrarse en los elogios, que el señor Cascallana hacía de él en carta de 1864 al alcalde de Cádiz, en la que le decía: •Participante yo de las tareas Incansables del acendrado celo apostólico del. ilustrísimo Sr. D. fray Félix José Maria de Cádiz durante su permanencia en esta ciudad y su diócesis con inexp,licable edificación de las costumbres, ya comprenderá V. E. hasta qué grado reconozco lo altamente propicia, que es la suerte de Cádiz al ocupar la esclarecida silla de su episcopado un varón por tantos t!tulos ilustre• , lb., p. 184 - 2. lb., p. 190, 94

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