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P. FÉLIX MA11ÍA DB CÁDIZ 721 . ~ - ~ . La figura del padre Félix es de lo más fino, atractivo y simpático, que puede imaginarse . Era de tipo muy bien formado, sencillo y dulce, inteli– gente y perspicaz, y dotado por la naturaleza de excelentes condiciohes oratorias. Educado en la escuela misional legada por el beato Diego, so– (1:~resa ;ió desde sus primeros años hasta su muerte como el misionero más ;popular y querido de ambas Andalucías. La exclaustración no logró cambiar sus hábitos religiosos, ni le enti– bió d espíritu de su Orden, ni las prácticas interiores del convento. Desde .el primer día que se vió e.n Cádiz fuera del claustro, llevándose consigo los pobres em1eres de su celda, pidió hospitalidad en la casa de un ecle– siástico y en una habitación baja puso su lecho con las tres tablas y la manta, y se dedicó asiduamente al ministerio sin más armas que el Cruci– fijo y la bandera de su celestial Pastora. «La Santa Cueva recogió las primicias de la evangelización y las bendiciones del padre Félix. Allí celebraba, allí oía las confesiones, c1llí meditaba por la noche haciendo los piadosos ejercicios del Instituto, allí dirigía a la juventud gatlitana, que ya veía en él un prudétite y cariñoso guía, que le llevaba por los senderos de la cristiana perfección , (1). A pesar de esta vida austera, deseaba la paz del claustro y para bus– carla marchó en 1839 con el padre José de Burgos a Italia, viviendo con los capuchinos de Lucca, con tan mala suerte, que tuvo que volverse a España por falta de salud. El obispo de Cádiz quiso que se hospedase en el seminario, donde fué durante dos lustros el ejemplo de los superiores y seminaristas, que veían en él otro fray Diego, por su espíritu de pobreza, mortificación, amor a los prójimos, .trato con Dios y predicación apostó– lica. «Tanto en esta época e.orno en la anterior, antes de ir a Italia, era .asiduo como pocos al confesonario, bien en la Santa Cueva, bien en la iglesia de Santiago, •a .donde acudían innumerables fieles a ser dirigilllos en sus conciencias por varón tan singular en prudencia y conocimiento del corazón humano, abriendo a las almas clarísimos horizontes de luz y siendo felicísimo guía de casi toda la sociedad religiosa de aquellos tiem– pos. Hízose notable también en su cariñosa práctica de asistencia a los moribundos y, siempre que ocurría algún caso difícil, él era llamado a la cabecera del enfermo. Y en los templos gaditanos, durante la cuaresma, ·en los novenarios, como los de san Lorenzo y Santa María, y septenarios de María Santísima de los Dolores, y otros, dirigía con admirable éxito y 'é:opiosos frutos su palabra a los fieles, dándose ya a conocer, desde en– tonces, por la naturalidad de sus frases, por la elocuencia pastoral y m!s– tica, por la unción santa con que exponía los asuntos, cautivando a sus pyentes con aquellas singulares formas de oratoria sublime, .propia del misionero apostólico, para lo cual parecía haber nacido> (2). Un día, en el 1846, visitaba al Señor en la catedral durante el jubileo de las cuarenta horas, y advirtió con amargura la indecencia de los hacho– 'nes, qu!l servían a los orantes. Terminada su oración, se fué directamente al señor obispo, le pidió su licencia para formar una junta que se cuidase de adecentar tan sublime servicio y, pocos días después, catorce hijos suyos espirituales, de la flor gaditana, se reunían para encargarse del 1. José María León y Domlrtguez, ReCUERDOS GADITANOS, p. 181. - lb.. p. 182. 93

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