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716 LA DIVINA PAStORA y BL eto. DIEéJb J. DE c. torno a una bella imagen que había adquirido (1). En el capítulo pro~ vincial de 1834 fué nombrado maestro del noviciado de Sevilla y aquí le soprendió la exclaustración de los regulares. Desempeñó los cargos ho– noríficos de «profesor de nota, distinguido orador, académico de númzro de la real Acéldemia de Buenas letras, socio de· mérito de los Amigos del país», etc. (2). Los acontecimientos de España le impulsaron a expalriarse y mar-:hó a Puerto Rico, donde el prelado, señor Gil y Estévez se prendó de su s:rn– tidad y talento nombrándolo rector del seminario. Debido a su celo mej,Jró tanto la parte material como la formación religiosa y científica de los se- minaristas y obtuvo del rey algunos privilegios. · Esta posición brillante, adquirida a fuerza de méritos , ofendía a su es– píritu de humildad, y rogó al obispo que lo enviar"a a la parroquia de Vieques, aldeita pobre y humilde, donde, escondido por algunos años fué el padre solícito, en lo material y espirllual, de sus feligreses y un apóstol de la Divina Pastora que nunca arrió ni plegó su estandarte. Pero Dios lo quería para brillar y aqui le sorprende, por mediación del arzobispo padre Claret, un mandato del Papa para que fuese el componedor de ciertas di– sidencias cismáticas surgidas en la iglesia de ruerto Rico. La caridad y prudencia del pobre cura de Vieques acabaron muy pronto con las ciivi– siones. Vuelto a la parroquia y viendo que allí acudían de fuera para hon– rarle, determinó volverse a España para encerrarse en el convento de El Dardo, que continuaba abierto porque, siendo de patronato real, se op·Jso el rey a su desamortización. Los designios de Dios eran muy otros, pues en aquellos meses hebía hecho renuncia de la diócesis borinqueña el señor Gil Eslévez y, habie:ido sido consultado por la reina sobre quién sería e_l mejor candidato para su vacante; le contestó sin titubear:-EI único llamado a ser obispo de Puerto Rico es el padre Carrión-. Mucho debió complacer la propuesta, porque inmediatamente se le comunicó al padre Pablo su promoción, a la que hizo una tenaz resisten– cia. Dícese que Isabel II le pidió con lágrimas que aceptase, pero no p~do conseguirlo. El humilde capuchino creyó que con influencias podría apar– tar a la reina de su propósito, y acude primero al rey consorte, que ab:>ga a su favor, pero la reina calla y continúa firme en su resolución. Acude al confesor regio, padre Claret, y recibe por respuesta: - Me parece muy di– fícil que usted pueda evadirse-. Va a Narváez, presidente del consejo de ministros, y le responde: -No tenga usted inquieta por más liempo a la reina; vaya hoy mismo a manifestarle que acepta el nombramiento-. Co– mo última esperanza acude al Nuncio y le da por respuesta:-Si, a pesar · de todo, persiste usted en su negativa, 19 que no espero, rio dudo ba_iará la cabeza a un mandato del Santo Padre-. El empeño de la reina estaba justificado, pues, habiendo perdido la mayoría de nuestras colonias, quería poner en las diócesis de las ·quE les l. Algunos datos de esta biografía están tomados de _EL ADALID SERÁFICO, a. 1901, pp. 315-18, dados por la familia Martínez Hopel, de Loja, en cuya casa se hospedaba; •'.)tros los hemos recogido en Málaga y Granada oralmente, donde los anc"ia'nos que le conoc:eron . hablaban con entusiasmo de su amor a la Divina Pastora, cuyo estandarte·llevaba sie::npre consigo; de las demás noticias se anota su procedencia. - 2. lb.

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