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P. JOSÉ DE BURGOS 703 ya por nuevos milagros ya con la traslación de sus reliquias a Orfa o a España, se despierte el entusiasmo por la beatificación de este gran após– tol de Cristo, singular abanderado de la Divina Pastora, a quien consa~ gró sus empresas y la misión de Mesopotamia, cuya fama de santidad le acompañó desde su niñez hasta su cristiana y heroica muerte, y se ha perpetuado hasta nuestro tiempo proclamada por el órgano oficial de la Orden capuchina que publicó: «Entre los capuchinos españoles, que se hallaban exilados por entonces en Italia, sobresalía por su santidad el padre José de Burgos » (1). Su obra y su apostolado , al desaparecer de la tierra el venerable, vive!) fecundos con su recuerdo e intercesión, dando ópimos frutos en la Mesopotamia. Cuarenta años después de su muerte se gloriaba la misión de tener 16 iglesias, 10 cementerios, 26 escuelas con 1670 alumnos, una Congregación de religiosas que cuidaba de la educación de las niñas y de · la asistencia a los enfermos, y anualmente se administraban 11.360 co– muniones (2). En el cielo debió sentir el venerable un júbilo singular al ver termi– nada la hermosa . iglesia de Mardin, de planta de cruz latina, con cúpula sobre la cual se veía grandioso el signo de la redención, con seis altares, dos capillas, una del Corazón de Jesús para los terciarios , y otra, dedicada a las almas del purgatorio (3). Pero su alma y hasta sus propios huesos debieron vibrar de gozo en el día 16 de julio de 1885, fecha memorable, en que nJonseñor Altna~ r;;r , delegado apostólico de Mesopotamia, se dignaba proceder a la solen~ne c,onsagracfón del altar niayor dedicado a la Divina Pastora, titular gloriosa de la misión y de aquella iglesia (4). La procesión del día del Corpus de 1886, en la ciudad de Diarbekir, fué también un trofeo para el catolicismo. En dicho día y en nuestra iglesia tomó posesión de su caq~·o el cónsul de Francia, Mr. Bertrand, asistió a todos los oficios de la solemnidad y llevó en la procesión el ombrelfino junto al Santísimo. Abría marcha la cruz, y tras ella un gran estandarte de la Virgen, probablemente la Divina Pastora; lo seguían docientas niñas vestidas de blanco con ramos de flores; después trecientos estudiantes católicos y, entre estos y aquellas , docientas banderas y oriflamas; niños vestidos de ángeles iban sen1- brando el suelo de flores; el Santísimo, bajo palio, era Iievado por el obis– po armenio católico, monseñor Farahian, con ministros latinos , y detrás, con cirios encendidos, iban los católicos principales, entre los cuales se destacaban dos caballeros otomanos con uniforme de gran g·a.Ia. Delante de la procesión, en su flanco y a la espalda rendían homenaje a su Ma– jestad pelotones de g·endarmes y policías del gobierno. En la mitad de la calle habíase levantado un altar para que posase Nuestro Señor y allí se dió la bendición a una inmensa muchedumbre de diez mil personas, de muchas creencias . Los católicos lloraban de alegría, los cristianos cismáticos expresaban su contento, los protestantes miraban indiferentes, los hebreos, estupefactos, y los musulmanes maravillados del gran triunfo de la misión (5). l. ANALECTA c., t. 6, pp. 108 y s. - 2. lb., t. 4, P· 222 y r. 6, P· 108. - :3. lb., t. 2. f á· ¡¡ina 27.. - 4. lb. - S. lb., t. 2, pp. 277 y s..

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